I. El día más largo

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– Mi tía Flor dice que ya no voy a vivir con mis papás, que ahora voy a vivir con ella. Dice que está muy alegre por eso. – me dice la niña que está sentada en el pasillo esperando a su tía. Su nombre es Emilia.

Le he dicho varias veces que solo me hable cuando esté sola.

– Hay muchas personas bien vestidas y ningún niño con quien jugar. Mi tía dice que estamos en el Ministerio de justicia, pero yo no sé qué es eso. Yo solo quiero jugar. – continúa diciendo la niña mientras mese sus piernas.

Entiendo lo que pasa. No es la primera vez que estoy junto a un niño que se queda sin padres. Hace años conocí a uno que había perdido a los suyos en un incendio.

– Ahí está mi tía. – dice Emilia al saltar del asiento.

La nueva tutora legal de la niña es la hermana de su padre. Fue la única que apareció, la única a quien le importó.

– ¿Y cuándo voy a poder ver a mis papás? – pregunta la pequeña.

– Cuando sean buenos padres. – responde su tía con la mejor sonrisa.

Emilia baja la mirada. No entiende qué significa ser buenos padres, pero sabe que tampoco podrá verlos hoy.

– ¿Y cuándo va a volver Enrique?

– Tu hermano está estudiando. Cuando acabe, volverá.

– Pero, ¿cuándo?

– Muy pronto, cielo. Muy pronto.

Ambas esperan abrazadas en el asiento. La niña quiere irse; está aburrida. Quisiera poder jugar con ella, pero su tía y los demás la verían; y no quiero causarle más problemas de los que ya tiene.

Finalmente aparece la jueza. Fue ella quien cedió la custodia de Emilia a su tía.

– Buenos días, señora Dazza. Disculpe por la demora, pero este lugar es un caos. – dice la jueza.

– Buenos días. No se preocupe jueza Delta. Lo que importa es hacer todo como se debe. – dice la señora Flor.

– Hola, princesa, ¿cómo estás? – le pregunta la jueza a la niña que se sujeta de las piernas de su nueva tutora.

La primera vez que la pequeña vio a la jueza se asustó. Los grandes ojos de búho de la jueza Delta le recordaban a los de su vecino, el señor Hugo; y él es la clase de personas que detesta a los niños.

– Hija, sé educada y saluda. – dice la señora Flor.

– Hola. Estoy bien, gracias. – responde Emilia tímidamente. No quiere soltar las piernas de su tía.

– Está cansada. Ha tenido que madrugar y es la primera vez que está aquí. – se disculpa su tía.

– No se preocupe. Así son todos los niños: solo quieren jugar. – dice la jueza.

Ambas caminan por los pasillos del inmenso edificio. La señora Flor no suelta la mano de su sobrina, mientras la pequeña canta en voz baja.

El lugar está repleto de adultos que buscan justicia. Son pocos los niños ahí, en su mayoría son bebés.

Las tres han llegado al área de psicología.

– Hija, la jueza dice que tienes que hablar con la psicóloga para que te haga algunas preguntas, ¿entiendes?

– No quiero. Tengo sueño. Ya quiero irme.

Desde que la señora Flor apareció en su casa acompañada de la policía, Emilia ha hablado con varios adultos desconocidos. Todos le han preguntado sobre sus padres, sobre su familia y sobre ella.

– Por eso mismo, esto es lo último para irnos.

– No te creo. Hace rato que estamos aquí.

– Te digo la verdad. Terminas de hablar y nos vamos.

– ¿Lo prometes?

– Te lo prometo. Solo será un rato y nos vamos a casa.

La jueza abre una puerta mientras le sonríe a la cansada niña. Aun así, su cara la asusta.

GrietasWhere stories live. Discover now