Parte 2

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—¡¿Qué demonios acaba de suceder?!

—¿Qué es lo que parece? —respondió Dean, risueño, al tiempo que recogía una gruesa lona del suelo. Extendió el pesado paño sobre la jaula, cubriendola por completo. En su interior, Michael seguía gritando furioso—. ¿Crees que acabe durmiéndose? ¿Como los canarios enjaulados? —bromeó, quitándose el polvo de las manos.

Sam se quedó mirando perplejo la manera en que Castiel se movía, era evidente que el ángel no era quien estaba al mando de ese cuerpo.

Al alzar la vista, Dean notó que lo veía como si acabara de crecerle otra cabeza.

—¿Qué?

—Esto es muy bizarro, Dean —dijo el Hombre de Letras, observándolo de arriba abajo—. ¿Y qué sucedió con Castiel? ¿Dónde está Cas? —preguntó buscando con la mirada alrededor, esperando ver la bruma de luz blanca de la gracia sin recipiente.

—Está aquí conmigo —dijo Dean, señalando vagamente hacia su pecho—. Bueno, yo estoy con él para ser más preciso. —Sam alzó las cejas de manera sugerente y Dean comprendió que estaba torciendo sus palabras e intentó explicarse mejor—. Quiero decir que nosotros estamos juntos. —Sam alzó aún más las cejas y una sonrisa socarrona se dibujó en su rostro—. ¡Aquí! ¡En este cuerpo! —exclamó, moviendo con torpeza los brazos de Castiel, señalándose a sí mismo exasperadamente.

Sam estaba conteniendo la risa, Dean lo sabía muy bien. Bufó molesto y comenzó a caminar hacia la salida del depósito. Su hermano lo siguió de cerca.

—¿Quieres decir que ustedes comparten cuerpo? —dijo, divertido—. No, no, aguarda, escucha esto: ¿Castiel te dio su cuerpo para que hagas lo que quieras con él? —Sam acabó por estallar en risas. Dean gruñó como respuesta—. ¡Vamos, Dean! Debes admitir que es gracioso.

—No, Sam. No es gracioso —dijo, molesto, al tiempo que abría la puerta del acompañante del impala—. Acabo de renunciar a mi maldito cuerpo para salvar al mundo. Así que no, no es gracioso. —Se sentó, cerró la puerta con fuerza y se cruzó de brazos.

Sam ocupó el asiento del conductor y aguardó a que le entregara las llaves. Dean tenía razón, no era asunto de bromas. Lo miró de reojo. Castiel estaba cruzado de brazos, frunciendo el ceño de una manera que le era por completo ajena. Y aunque Sam no podía evitar encontrar cómico ver al ángel con los gestos de Dean, se puso serio y guardó silencio.

El cazador, sintiéndose observado, se giró hacia la ventana y pudo ver su reflejo en el espejo retrovisor de la puerta. Sam tenía razón. Sí era divertido ver a Cas con su cara de perro. Toda la situación era un delirio. Resopló, derrotado, y le entregó las llaves del automóvil.

La simple vibración de Bebé en marcha hizo que Dean comenzara a relajarse.

Se restregó los ojos y pasó las manos por todo su rostro. Era extraño tocar el rastrojo de la barba de Castiel. Corrió los dedos por su cabello. Era más sedoso de lo que esperaba. Se volvió a mirar al espejo y comenzó a jugar con su flequillo.

Sam lo miró de reojo mientras conducía lentamente de regreso al búnker. Contuvo como pudo una sonrisa y se aclaró la garganta.

Dean dejó lo que estaba haciendo y se enderezó en su asiento. Cuando posó las manos en las piernas, notó lo tonificados que eran los muslos de Castiel. Alzó las cejas sorprendido y murmuró algo como «El tipo está en forma», al tiempo que comenzaba a chequear los músculos de los brazos.

—¿De verdad, Dean? —lo reprendió Sam, consiguiendo que se esté quieto de una vez.

—Lo siento, aún estoy adaptándome. —La voz de Jimmy Novak sonaba diferente manejada por Dean, no tan grave y profunda como con Castiel—. Esto... no es como esperaba. —Sam quitó la vista del camino por un segundo y lo interrogó con la mirada. El cuerpo de Castiel se encogió de hombros—. No lo sé, hombre. Esperaba escucharlo en mi cabeza. Ya sabes, algo más al estilo *«Hay una chica en mi cuerpo» —bromeó—. Algo como ¡mira, controlo este brazo! —dijo, risueño, alzando el brazo derecho.

Voy contigo (destiel)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora