➳Midoriya Izuku es un chico normal y sencillo que tenía un sueño inalcanzable: entrar al Club de Béisbol del instituto UA, y ser la estrella del equipo.
Pero no todas las cosas son sencillas en la vida, no cuando existía un entrenador estricto y ma...
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Para él estar en un equipo era todo. Y más si podía ser el cátcher. Le había gustado desde que era pequeño cuando su padre lo obligaba a ver partidos de béisbol y luego lo hacía jugar (mataba, en realidad) con bolas.
Él aprendió a agarrar las bolas porque en un principio había comenzado para enfadar a su padre que fue pitcher, así que él pensó, en ese entonces, que si aprendía la labor de un cátcher... su padre dejaría de fastidiar con que jugase. Fue una mala manera de hacerlo porque no sólo había provocado al hombre, sino que también a su propio corazón, que ferviente se había convertido por atrapar bolas y encenderla la pasión de jugar (algo que él jamás pensó, en aquellos tiempos de niñez, que podría ocurrir).
—Ay, esto es un infierno —se quejó el chico pelirrojo, Kirishima, al que iba junto a él.
—¡Deja de ser una niña! —exclamó rabioso.
Todoroki los siguió desde atrás mientras iba secándose el sudor del rostro.
—Bah, estoy cansado —se quejó otra vez Kirishima, afirmándose al otro.
—¡Aléjate, bastardo! —lo empujó bruscamente y le dio una mirada iracunda—. Vete a dormir si estás cansado.
—Si pudiera lo haría, pero tengo hambre también.
—¡Entonces no me jodas!
—Oh, hombre, no te enojes.
Ambos se detuvieron para mirarse. Kirishima con una sutil sonrisa de satisfacción y Bakugo cabreado, parecido a un volcán en erupción.
—Hagan espacio —les espetó Todoroki al detenerse frente a ellos con el ceño ligeramente fruncido.
—Oh, lo siento, pasa tranquilo —Kirishima se corrió para dejarlo pasar.
—¡¿Eh?! —El rubio se le atravesó cuando estuvo a punto de pasar—. ¿Desde cuándo eres el rey aquí?
—Desde que eres así de estúpido —escupió frío y seco.
—¡¿AH?! —gritó enojado, más bien, alterado.
Si no hubiera sido por Kirishima, el rubio se le habría lanzado encima al otro. Todoroki le asintió al pelirrojo y se fue, andando con paso tranquilo hacia la cocina. Atrás escuchó los gritos de Katsuki, y en vez de molestarle, le divertía un poco debido a que era fácil de desencajonar. Igual que su padre. Apenas pensó eso una desagradable sensación se le instaló en el estómago.
Esa sensación no se marchó ni cuando estaba comiendo y tampoco cuando ya se encontraba acostado en su cama listo para dormir. La sensación desagradable seguía ahí mientras oía los ronquidos de Mirio Togata en la parte de abajo de la cucheta.
Después de un rato pudo dormir, y fue gracias al recuerdo de su madre sonriendo llena de calma y paz.
A la mañana siguiente estaba en el aula, mirando por la ventana mientras oía a la profesora de Historia hablar. Podría haber estado así, observando los pájaros sobre las ramas del árbol junto a la ventana o sentir el aire fresco de plena mañana chocar contra su rostro, pero no, toda su atención fue a parar al chico que abrió la puerta del salón bruscamente.