Duré tanto tiempo observandote a distancia durante clases que ahora puedo memorizar todo tú de espaldas; como por ejemplo algo tan simple como ese gran lunar café que hay en tu nuca, hasta la curva que se alcanza a notar desde mi ángulo en tus mejillas cuando sonríes.
Puedo casi adivinar tus horarios en que el cansancio o aburrimiento ya no te puede y te recuestas en la paleta del banco, y es ahí cuando yo aprovecho y te admiro largo y tendido, sin miedo a que tú me pilles, ya que sólo alzas la mirada si te interesa algo realmente.
Ahora quiero saber cómo me ves tú a mí.
Dime, cariño, ¿por lo menos conoces mi nombre?
