La emoción no obedece a la razón" ha sido una premisa mal interpretada por algunos, considerando, que es nuestra "razón" la que conduce a la "emoción".
Y es que la emoción que nos impulsa a amar, por ejemplo, ha sido razonada, en ocasiones, a través de una mirada tierna, dulce, serena, coqueta y a veces, hasta irreverente, la cual descubrimos después de haber razonado, que hace parte de nuestro gusto particular.
Ese vínculo tan sincrónico entre razón y emoción, es similar al vínculo entre nuestros recuerdos predilectos y las reminiscencias, esa exquisita, a veces involuntaria, un tanto melancólica, sensación de necesidad por repetir aquello que en su momento sentimos, disfrutamos, amamos, pero que hoy está consignada en un recuerdo, el cual procuramos beber gota a gota, tal vez para perpetuarlo pero definitivamente por extrañarlo.
Y que son las reminiscencias sino un puñado de glorias, lágrimas, júbilos, besos, amor, sueños, letras, emociones y corazón, encerrados cual tesoro como recuerdos, benditos y despiadados, en la historia de cada ser que entendió la dinámica fugaz de la vida y la perpetuidad del placer de la memoria.
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