He soñado de nuevo contigo, aunque esta vez me parece que fue el más triste. Llegabas a mi casa. Habías bajado de peso. Te vi pálida y me lo contaste: tenías cáncer.
Creo que no debí empezar a ver Breaking Bad.
Lo más extraño es que no te veías triste. Parecía como si al llegar hubieras vuelto a casa, muy cansada después de un largo viaje. Sonreías, como si hubieras entrado a mi casa y te sorprendieras de que yo realmente estuviera ahí. Un sentimiento reconfortante, algo como lo que yo creo que voy a sentir si algún día te vuelvo a ver.
Parecía que no estabas recibiendo quimioterapia. Tenías aún tu cabello, que curiosamente era más rizado.
Otra cosa es que no venías a mí por ayuda, no venías a pedir nada. Me imaginaba que por alguna razón querías verme a mí al menos una última vez. Eso me pareció lo más bello de todo, y sin embargo, muy extraño. Sé que bien pude haber soñado que necesitabas dinero para un costoso tratamiento, y que yo, heroico y romántico [delirante], haría todo lo que hiciera falta para conseguir una gran suma. Pero no fue así. No hubo un patético discurso con lágrimas y un conmovedor abrazo de reencuentro. Solo pedías dónde quedarte y yo, que vivo solo, te dije que podías dormir en la otra habitación.
No recuerdo muchas palabras. No me dijiste mucho, ni tampoco yo te exigí explicaciones. No supe de qué era tu cáncer. Tampoco dijiste si tenía cura, o cuánto tiempo que quedaba, tenía la sensación de que no mucho, y no pregunté. Solo nos sentábamos juntos a ver películas abrazados, a veces tomados de las manos. Apenas hablábamos entre nosotros, pero no hacía falta. Solo usabas tu voz de vez en cuando, para decir que querías estar sentada en un sillón u otro; y yo la mía si se me entumía un brazo porque tú estabas recargada en él.
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Cartas que nunca te escribí
PoetryTodo lo que por mi bien, debí escribirte para mí hace años