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Capítulo 1: Un golpe a medianoche.

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Cuando tenía catorce años, pensé que huir de la clase Élite se sentiría como libertad.

Desde muy pequeña mi padre me envió a una escuela que pocos conocen, una isla apartada donde se encontraban los futuros "éxitos", con métodos poco convencionales. La escuela se llamaba Academia de la Orden Oculta. O simplemente ocultos como solíamos decir y tan oscuro como su nombre, representaba el formar mentes brillantes que sirvieran a los intereses de quienes ya dominaban el mundo.

Mi padre y el de todos los que estábamos allí firmaron el consentimiento como si estuvieran vendiendo un pedazo de pan. Él decía que todo era por mi futuro, pero la realidad es que ganó muchísimo dinero por prestarme como sujeto de pruebas. Y eso mejoró nuestra economía grandemente. Mi padre aprovechó que los especialistas siempre vieron potencial en mis habilidades cognitivas desde temprana edad. Lo que les importaba era cuánto valías, cuánto podías soportar, cuánto podías rendir. Y más si los padres estaban de acuerdo que más se podía pedir...

Los entrenamientos experimentales eran torturas disfrazadas: privación del sueño, aislamiento sensorial, descargas eléctricas leves en ciertas pruebas de memoria emocional, y evaluaciones constantes bajo presión psicológica. Decían que era necesario para "estimular las funciones cerebrales superiores". La realidad: estábamos siendo quebrados y reconstruidos, una y otra vez.

Algunos experimentos eran tan agresivos que después... simplemente los olvidabas. Literalmente. Nos borraban los recuerdos con una tecnología que aún no han revelado al mundo. Decían que era "experimental y reversible", pero nunca nos dieron opción. Nosotros fuimos el experimento. Ellos necesitaban saber si podían modificar el recuerdo humano, hacer que una mente dejara de asociar el dolor con una experiencia... y funcionaba. Al menos, eso querían creer. Que venderán la píldora a un precio increíble de aquí a unos 300 años. Que estará en venta para la gente de élite, que no hace ese tipo de cosas sucias, pero son exitosos en los negocios. Todo es gradual y hay cosas tan increíbles que las lanzarán cuando estemos muertos. Pero la gente se vende por dinero, y no me sorprendería que ya haya incluso algo para la inmortalidad.

A veces despertabas llorando, con la certeza de haber perdido algo, sin saber qué. A otros los veías cambiar de personalidad casi de un día para otro. Como si ya no fueran ellos. Como si hubieran sido reprogramados.

Nos enseñaban a crear hipótesis sobre nuestros propios cambios, como si eso nos diera una falsa sensación de control. Estábamos allí porque todos teníamos algo especial: memoria eidética, coeficientes que rozaban lo inhumano, sensibilidad sensorial extrema. Y aunque éramos niños, nos trataban como máquinas. Éramos útiles.

Sabíamos que había algo más grande detrás. Un proyecto oculto que apuntaba a manipular el cuerpo humano desde sus cimientos: tono de piel, rasgos, resistencia, identidad misma. Yo lo sabía. Lo sentía en cada palabra que no nos decían.

Al final, aprendí que la única forma de sobrevivir era no confiar en nadie, no sentir nada, y mantener mi mente más aguda que nunca. No porque fuera valiente... sino porque no tenía alternativa.

Después de escapar de esa isla, llegué a Star College en Latinoamérica. Por los 15 o 16 años Incluso con mi residencia de aquí, . Estaba en una escuela reconocida pero mucho más normal y menos fría en su forma. Nada que sorprenderse del bullying y el acoso, que es algo tan normal en los ricos. No se veía realmente algo especial en esa escuela, así que pedí mi cambio a El Brain.

Cinco años después, sigo atrapada.
Solo que con el premio puedo ser libre.

Estoy en la mejor escuela de Latinoamérica —eso dicen—, una institución tan perfecta que hasta sus jardines parecen diseñados para competir con otros. Aquí, los hijos de políticos, empresarios y " el futuro" que representan la economía de Latinoamérica se encuentran, una diversidad de idiomas que me fascina. Me salvó hablar japonés cuando llegué, pues también lo enseñaban aquí. Porque el español se me daba terrible. Aquí todo es impecable. Todo es caro. Y, a veces, todo lo sientes.

Vine de Europa del Este hace años. No por elección. Mi apellido no encajaba aquí. Tampoco mi acento. Ni mi forma de ver las cosas. Pero aprendí a fingir que sí. Pues mi padre, luego de viajar y transferirnos a muchos lugares, parece haberse establecido aquí. O capaz es una forma de seguir ocultando las malicias que posiblemente hace desde un lugar mas lejano.

Aquí, terminamos la secundaria a los 19. Luego, nos moldean otros tres años, como si la perfección pudiera fabricarse aqui. Al final, te gradúas con un título universitario a los 23, una sonrisa falsa y, si eres lo bastante brillante, un premio en efectivo que puede cambiarte la vida.

Yo quiero ese premio.
No para viajar, ni para invertirlo, ni para impresionar a nadie.
Quiero ese dinero para irme. Tan lejos que nadie recuerde mi nombre.
Ni siquiera yo.

No sé si voy ganando.
Tampoco sé si me importa.

Pero mientras los demás corren para ser alguien fuera de su riqueza familiar, yo corro para no desaparecer.

Y aunque solo faltaba un día para volver a la escuela, yo ya sentía que necesitaba escapar. No podía quedarme en casa, ese lugar donde las palabras de mi padre retumbaban más fuerte que cualquier silencio. Así que decidí ir al farol.

El farol era mi refugio secreto. Un rincón olvidado en medio de esta ciudad que parece que se derrumba, pero bajo esa luz amarilla y tenue, encontraba una calma que no sabía que aún podía sentir. Si esque en ocasiones puedo sentir algo... Este lugar, que para mí es tranquilo, era un insulto hacia mi mente hecha un caos.

Me senté en el frío banco de cemento, dejando que la brisa me acariciara el rostro. Cerré los ojos, tratando de que la pesadez que me oprimía se disolviera, aunque fuera un instante.

Pero entonces, sentí un golpe en la mano. Una piedra pequeña, que dejó un corte fino y el aroma metálico de la sangre fresca. Abrí los ojos, sobresaltada.

Y justo en ese silencio que me rodeaba, escuché un grito. Un grito horrible, desgarrador. Tan puro en su dolor que me heló hasta los huesos.

Me quedé inmóvil, incapaz de moverme o responder. El miedo se coló dentro de mí, rompiendo la coraza de indiferencia que llevaba puesta hace tanto tiempo. De sentir algo...

No sabía de dónde venía ese grito, ni a quién pertenecía. Solo sé que ese sonido quedará grabado en mi mente.

LA JUGADA PERFECTAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora