Entre las sombras

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Cuando Billy entró en su habitación, estaba mareado, desorientado y con la visión nublada.

Se mantuvo de pie con las justas. Sus piernas estaban hechas gelatinas, apenas podían soportar su peso.

Cerró la puerta detrás de él con un suave clic, apenas audible para sus propios oídos, y no con el portazo que había deseado hacer. Sus brazos no tenían las fuerzas. Tan solo levantarla para agarrar la manija había sido suficiente para provocar que su rostro se torciera por el inmenso dolor que sintió.

Cerró los ojos, puso una mano en la pared para sostenerse de ella y así poder ir hacia su tocador en la esquina opuesta de la habitación. Su humilde e improvisado tocador. Tres cajas viejas, apiladas, que soportaban sus productos para el cabello y colonias frente a un pequeño espejo. Casi nunca tenía suficiente luz para ver su reflejo completo.

Pero ya estaba acostumbrado a eso. Acostumbrado a buscarse a sí mismo en la oscuridad. Acostumbrado a ser alguien escondido entre las sombras. Oculto. Contaminado.

Las manos ahora apoyadas en la caja superior, los hombros encorvados hacia adelante, el peso distribuido uniformemente entre sus pies, abrió los ojos. La repentina luz de su lámpara fue tan dura que le hizo palpitar la cabeza, adormecida por los golpes, latidos fuertes entre los oídos.

Pasó un largo segundo antes de que pudiera ver su débil reflejo.

Lo primero que notó fueron las grandes marcas que cubrían su cuello, las oscuras huellas dactilares que cambiarán de color a un púrpura oscuro durante la noche. Tragó saliva, probando, con los ojos fijos en el movimiento de su garganta, satisfecho y ligeramente aliviado cuando no le causó dolor extra.

El corte sobre su ceja había dejado de sangrar, mucho después de gotear por su mejilla, apenas alcanzándole el ojo. Alcanzó un pañuelo para deshacerse de la sangre seca, siseando entre dientes cuando rozó incómodamente el corte, amenazando con abrirse de nuevo. Arrojo el papel al suelo cuando tuvo suficiente, resignado con seguir intentándolo cuando sabía que el resto se quitaría cuando se duchara en la mañana antes de ir al colegio.

Colegio.

Contuvo el aliento y se enderezó, con las cejas fruncidas, los labios entreabiertos, el dolor astillándose en su costado tanto que casi no podía mantenerse en pie. Casi. Su respiración fue superficial una vez que llegó, áspera y corta, de la misma manera que cuando corre durante las horas de entrenamiento.

Entrenamiento.

No podía entrenar así. Apenas podía pararse sobre sus propios pies, como podría correr por toda una cancha. Arriesgándose a un empujón. O un codazo en las costillas. Encontraría la forma de obtener una detención como escusa para no ir. Insultaría a alguien en clase, tal vez comenzaría una pelea con uno de primero. Haría cualquier cosa para evitar tener que acercarse a una pelota de baloncesto durante unos días.

Saco la parte baja de su camisa de donde estaba metida en sus jeans, las manos encontraron los botones, agradecido al haber escogido esa prenda para vestir para comenzar. Aun así, tuvo dificultad para quitar todos los botones debido a sus débiles dedos que no ayudaban. Frustrado, dejó que la camisa cayera de sus hombros una vez que termino, la tela cayó suavemente a sus pies.

A diferencia de su cuello, las contusiones esparcidas a lo largo de su torso ya estaban gritando sombras de negro y azul, oscuras e inflamadas. Sabía que habría unos iguales en su espalda, pero no podía obligarse a girar y examinarlos.

Settle down [Harringrove]Donde viven las historias. Descúbrelo ahora