3. Space Opera

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En mi vida no recordaba nada fuera de mi conejo blanco y la obscuridad de la cueva con el sombrerero; pero ahora, contemplaba con incredulidad ante mis ojos un millar de estrellas brillantes dentro de una negrura absoluta

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En mi vida no recordaba nada fuera de mi conejo blanco y la obscuridad de la cueva con el sombrerero; pero ahora, contemplaba con incredulidad ante mis ojos un millar de estrellas brillantes dentro de una negrura absoluta.
Navegamos entre las estrellas sin una dirección fija, nos movíamos como si nuestra nave estuviera nadando en una alberca infinita. No había visto nada semejante.

Mientras dejábamos atrás el planeta a una velocidad impresionante, el piloto automático manejaba y el señor Cheshire nos daba instrucciones y hablaba con detalles sobre el destino que los grandes políticos habían orientado para ellos y que ahora nosotros habíamos robado. Nos llevó a una habitación enorme dentro de ese cohete espacial, en ella escogimos nuestra ropa, ya no recordaba la ropa, pero me alegró poder escoger: tomé un bellísimo vestido azul que lucía mejor con mi sombrero.

—Por allá están las cápsulas criogénicas, podemos tardar años en llegar a algún lugar habitable, por lo que les pido que todos entren en ellas —se escuchó un bullicio entre los tripulantes que interrumpió a Cheshire—. No tienen de que preocuparse, tendrán imágenes que harán que incluso un millar de años les parezcan solo una película.

—¿Y qué película veremos? —preguntó un hombre canoso, creo que le llamaban "marzo" o "liebre" o ambas, no lo recuerdo muy bien.

—La que deseen —respondió y el alboroto se convirtió en alegría—. Solo necesito que uno de ustedes se quede —prosiguió cuando todos nos dirigíamos a las cápsulas—: y creo que escogeré a la chica del vestido azul.

—¿Por qué a ella? —protestó el sombrerero.

—Es la persona más joven aquí, debe ser ella.

—Estaré bien —irrumpí antes de que una pelea comenzará a suscitarse entre los dos, me lo había advertido el tono de piel en la cara del sombrero.

Me costó muchísimo trabajo convencerlo de que estaría bien si me quedaba con el señor Cheshire. Aún con eso tuvimos que prometerle que si pasaban muchos años o yo me sentía mal, haríamos un relevo.

Cheshire y yo éramos las dos personas más jóvenes del lugar, no llegábamos ni a la veintena mientras que el resto pasaban de los treinta años. Navegamos durante siete años, y eso fue toda una aventura que nadie querría escuchar.

Fue una vida mucho más increíble de lo que imaginé: veíamos cientos de películas, observamos las estrellas, hablábamos por horas y  cuidamos a los gatos, conejos y los otros animales que teníamos. También nos enamorábamos, pero esa es otra historia.

Nuestro viaje vino a término cuando enfrentamos la mayor dificultad: un hoyo negro. Intentamos esquivarlo a toda costa, tomamos el volante en nuestras manos. Se trataba de la emergencia para la que nos habíamos mantenido despiertos todo ese tiempo y aún con todo no pudimos esquivarlo.

Creímos que se trataba de nuestro fin, que nos absolvería y destruiría a las últimas personas de nuestra especie. Pero fue todo lo contrario, nos llevó a otro universo, en el que quizá podríamos tener todo lo que habíamos perdido en el nuestro.

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Había una vez una Alicia sin país ni maravillas ✅Donde viven las historias. Descúbrelo ahora