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Los días restantes de la semana no fueron como esa mañana donde creí haber recuperado algo del chico que amaba. Las noches siguieron siendo solitarias aun teniendo su cuerpo junto al mío. Quería que ese momento en la cocina significara algo. Dios, tiene que significar algo, si no, solo me estoy aferrando a nada.

Deseaba que la calidez con la que me vio bastara, que su sonrisa me diera el consuelo que tanto necesitaba, pero nada de eso pasó.

Volvieron a llamarlo para hacer un turno de noche, necesitaban personal en emergencias. Se arregló entre quejas bajas mientras bebía un café. Le armé rápidamente el almuerzo junto unas colaciones y una muda de ropa en caso de que le pasara algo.

No hubo tiempo de despedidas. Simplemente tomó las cosas, musitó un "nos vemos" y desapareció en la oscuridad del pasillo. Dejándome nuevamente sola y a oscuras en el departamento que algún día iba a ser nuestro hogar.

No podía soportar lo sola que me sentía, cada vez lo toleraba menos, necesitaba salir de aquí. Aun cuando a estas horas la ciudad ya no prometía nada, necesitaba volver a sentir que elegía algo por mi cuenta, aunque fuese solo caminar hacia donde prometí no volver nunca más.

Saqué un polerón de mi armario rápidamente, me lo coloqué caminando hacia la salida. Cuando estaba a punto de abrir la puerta, me giro decidida hacia mi oficina. Con la llave en mano abro la habitación con fluidez y decidida abro uno de los cajones, del cual rueda un labial por la fuerza ejercida. Lo tomo sin pensarlo dos veces y lo guardo en uno de los bolsillos.

Vuelvo a caminar hacia la puerta principal pero esta vez con el pulso a mil.

Cuando las calles fueron lentamente oscureciéndose fue el momento que mi entorno me pareció demasiado familiar, tanto que dolía. A simple vista, parecía que solo eran adoquines sucios, faroles que parpadeaban por falta de mantenimiento, vitrinas cerradas a medias. Pero yo sabía lo que había debajo: conocía el peso que se escondía entre cada rincón. Sabía qué locales vendían alcohol sin pedir identificación y dónde lloraban las chicas en el baño cuando todo les superaba. Nada había cambiado... y, aun así, todo se sentía diferente.

Al cruzar la esquina, el aire se volvió más espeso, cargado del olor a fritura, cigarro barato y perfume dulce. Las personas que me topaba me miraban como si perteneciera a otro mundo. No me extrañaba. Aquí solo venimos los que no tenemos nada más que perder.

— ¿Bae Minjae? ¡Jae, espera!

Sabía que no debía obedecer al grito agudo de la persona atrás mía, al hacerlo era un pasaje gratis a mis peores pesadillas, pero este sector no era muy conocido por la seguridad de sus calles que digamos. Guardo mis manos en la campera morada oscura que es tres tallas más grande que la mía atenta a cualquier sonido que no fueran los pasos acelerados detrás mía, un escalofrío recorre mi espalda al notar lo familiarizada que estaba todavía con estas frívolas calles.

Esto no era una buena idea, pero necesitaba despejarme, alejarme de mi círculo y volver a mis viejas costumbres. Incluso cuando solo ver las luces neón del lugar me revolvía mis entrañas. No me deslumbraban como antes; solo me recordaban cuántas veces me vine abajo en este lugar. A su retorcida manera, este lugar era más honesto que la mentira de normalidad que estaba viviendo.

Mientras esperaba al chico para seguir el camino, no podía sacarme de encima esa sensación: esto no era lo que realmente necesitaba. Pero la decisión la había tomado en el momento exacto en que metí ese labial en el bolsillo.

Lo apreté entre los dedos, como si pudiera anclarme a algo. No era por vanidad. Solo porque, por una vez, algo lo había decidido yo.

Una corriente de aire frío se cuela entre mis ropas justo cuando siento que se detiene a mi lado. Respirando agitadamente, coloca una mano en mi hombro y otra en su rodilla tratando de volver a regular su respiración. Sin girarme a él solté una risa nasal.

Human; jjkDonde viven las historias. Descúbrelo ahora