1. ¿Cuántos trucos tienes bajo la manga?

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CAPITULO 1

La primera actividad que dije que realizaría cuando volviera a la Tierra es exactamente como la recordaba.

Agito mi malteada de fresa y tomo un sorbo de ella. El frío de la misma recorre todo mi cuerpo hasta llegar a mi cerebro, provocando un efecto punzante. Exhalo el aire que no sabía tenia contenido, relajando mis hombros al mismo tiempo que un gemido escapa de mis labios.

Esto sí lo extrañaba, la comida, el ruido de mi estómago demandándola y el poder devorarme el menú completo de una cadena rápida de comida. Observo la bandeja que se encuentra frente a mí, no queda nada más que los envoltorios de aquellas deliciosas hamburguesas y eso es prueba suficiente para irme antes de que vuelva al mostrador a ordenar más. Tomo lo que queda de mi malteada para terminarla en el camino y me dirijo hacia mi auto.

Es la primera vez que me encuentro en esta ciudad y debo decir que ésta tiene su encanto. No hablo de las ratas que pelean por comida sobre la vereda que, por más entretenidas que parezcan ser, definitivamente no se llevan el primer puesto a la atracción turística. O del olor a muerte que emanan las alcantarillas. Me refiero a que este lugar me hace acordar mucho de dónde vengo. Así es, se parece un poco al infierno, y eso me encanta.

No se me hace nada difícil identificar mi auto del resto, y creo que el motivo es el mismo por el cual me encuentro en la siguiente situación. Al acercarme al lugar donde lo dejé estacionado, noto una figura masculina apoyada sobre la parte delantera del auto, extendiendo su mano sobre el capó del mismo de una manera pretenciosa y un poco presumida. Frente a él se encuentra una mujer esbelta de cabello castaño, sus rizos paseándose por toda su figura hasta dar con el final de su torso expuesto. Al verme, el chico me guiña un ojo, dándome pie para comenzar mi acción.

−Lindo auto− comento ubicándome frente a él haciendo que sus ojos oscilen entre la figura de la chica, ahora posicionada a mi lado, y la mía.

−No es la gran cosa− responde con orgullo− dame tu número y quizás puedas dar una vuelta en esta preciosura algún día. Eso sí, ya arreglaremos el método de pago. Puedo ser muy generoso haciendo un dos por uno, siempre y cuando ambas sepan compartir.

A esta altura puedo ver en el rostro de aquel chico como sus fantasías tienen intenciones de volverse cada vez más reales. No quisiera ni por un segundo ser parte de esa fantasía, no con él. Noto como los ojos de la chica me evalúan, me recorren de abajo hacia arriba, como quien mide a su competidor.

− ¿Por qué no ahora? – propongo acercándome cada vez más a él hasta el punto de poder notar como se empiezan a formar pequeñas gotas de sudor sobre su frente.

−Tengo cosas más importantes que hacer, linda−replica de una forma presumida con el fin de encubrir su mentira.

−No lo dudo, lindo− contesto al mismo tiempo que saco las llaves del auto del bolsillo trasero de mi pantalón y aprieto uno de los botones para abrir las puertas. El sonido que emite el auto parece apagar los ruidos de la calle por un momento− Ahora te puedes quitar de mi auto, gracias.

El chico borra inmediatamente la sonrisa sobradora de su rostro y aprovecho para vaciar el resto de mi malteada sobre su cabello cubierto de gel. Mejor, mucho mejor.

Me volteo para dar con la mujer casi víctima de los engaños del patético hombre. Ésta se encuentra tan asombrada como el impostor.

−Él no lo vale− anuncio antes de adentrarme en mi extravagante auto.

Una vez ubicada dentro del mismo bajo las ventanillas para ver por última vez la patética escena. La chica algo anonadada y curiosa no para de verme con admiración, mientras que restos de mi deliciosa malteada todavía recorren el cuerpo del impostor. ¡Que desperdicio de comida! Igual algo me dice que esa malteada no iba a sobrevivir al calor.

Arriba no hay ángelesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora