EMMA BLOSSOM
Todo estaba oscuro. El aire olía a tabaco, a madera vieja y a libros húmedos. La lámpara sobre el escritorio apenas iluminaba el borde del vaso que mi padre sostenía entre los dedos. El líquido dorado se movía con lentitud, reflejando sombras que parecían retorcerse en las paredes.
Ron. Siempre era ron. Siempre.
Estaba sentada en sus piernas. Tenía cuatro o cinco años, pero entendía algo que nadie más podía: el silencio a veces era más útil que las palabras. Willhem no era afectuoso, pero conmigo era diferente. Me trataba como una promesa. Como algo que le pertenecía por derecho. Como una extensión de sí mismo. Y yo... yo no quería decepcionarlo.
No me hablaba como a una niña. Me hablaba como si ya supiera quién debía ser. Cada palabra era un mandato disfrazado de consejo.
Mi padre bebió un trago. No me miraba, solo contemplaba el fuego como si pudiera leer el futuro en las brasas. Después, como si recordara de pronto que yo existía, habló:
—¿Quieres probar?
No dudé. No por curiosidad. Sino porque él lo esperaba. Porque yo quería ser fuerte. Como él.
—Vamos, Emmita. Solo un poco. Como los grandes.
Me ofreció el vaso. Era pesado, más de lo que pensaba. El líquido temblaba en su interior. Estaba frío. El olor me quemó la nariz.
Bebí. Apenas un sorbo.
El ardor me cortó la garganta como una hoja. Tosí. Una sola vez. No hice mueca. No lloré. No lo solté. Aprendí a tragar el fuego.
Él sonrió. No fue una sonrisa cálida. Fue... aprobación.
—Eso es. Vas a ser fuerte como yo.
(Pausa.)
—. No como tu madre.
Me acarició el cabello con una mano áspera. Bebió otra vez. Y mientras el fuego reflejaba sombras en sus ojos, dijo:
—El mundo se traga a los débiles, Emma. Pero a los que beben... no tanto.
Yo no entendía del todo.
Pero recordé cada palabra.
Entonces abrí los ojos de golpe. La garganta ardía, como si el ron hubiera dejado un fuego en mi interior.
Tardé un segundo en ubicarme. No era el despacho. Estaba en mi cama.
Mi habitación. Fría. Silenciosa. Lejos de Francia.
Pero el frío no era natural; parecía que la casa misma me miraba, que respiraba conmigo, observándome.
Me senté. El aire estaba espeso, cargado de recuerdos que se pegaban a la piel.
Miré la mesa de noche. El vaso seguía ahí. Medio lleno. El mismo color, el mismo olor, la misma grieta en la base. Siempre había estado ahí. Desde Francia.
No lo toqué. No todavía.
Mis manos buscaron instintivamente marcas en mis brazos, como cada mañana. Nada reciente. Solo las de siempre.
Una pesadilla. Una más. Pero no. No era solo eso. Era un recuerdo que me estrangulaba desde dentro, una sombra que nunca se había ido.
Tomé el teléfono. Eran las seis y veinte de la mañana. Me sentía agotada, como si no hubiera dormido nada. En diez minutos debía levantarme.
Pero cada fibra de mi cuerpo quería quedarse congelada, atrapada en la habitación que de pronto parecía más grande y más hostil que nunca.
Con un suspiro, me puse de pie y corrí las cortinas de la ventana. El cielo seguía oscuro, pero en el horizonte comenzaba a dibujarse una fina línea naranja; el amanecer estaba cerca.
Mi mirada se desvió hacia "Mausolée de l'Héritage", el supuesto cementerio familiar. Un conejo saltaba despreocupado sobre la tumba de la tataratatarabuela de mi madre. Supuesto, porque ese no es el verdadero. El auténtico está en Francia, en nuestra casa.
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Imparable (borrador)
ActionEn la gélida y arrogante piel de Emma Blossom se teje una trama inesperada cuando, bajo la orden de su padre, ella y sus hermanas se ven forzadas a viajar a Washington. Su único propósito es erradicar a M.B de su vida, pero en el transcurso del viaj...
