EMMA BLOSSOM
Cuando terminó la clase, salí a buscar a mis hermanas. Emily, con su insistencia característica, insistió en que fuéramos a almorzar a un sitio que "teníamos que probar". Apenas habíamos puesto un pie en Seattle, y ella ya hablaba como si conociera hasta los rincones más exclusivos. Ridículo. Accedí solo para mantenerla contenta.
Nos dirigimos a una de esas exclusivas instalaciones de comida, lejos de la cafetería común para los becados. Entré primero, evaluando todo con una mirada calculadora. Dos plantas decoradas en tonos apagados, simulando elegancia. Los logos de La Élite y la bandera de Washington se repetían como un mantra silencioso. El segundo piso, como era de esperarse, estaba reservado para el área VIP. Solo entraban quienes eran "alguien" o, mejor dicho, si tu cuenta bancaria podía gritar más fuerte que tu cerebro. Las dos plantas eran lujosas, pero, siempre había gente con más dinero que derrochar.
Y tú eres una de ellos...
El dinero lo compra todo. Incluso la apariencia de importancia.
Subimos las escaleras. Emily, con esa expresión idiota de admiración, los vio: los Kingdom. Se encontraban en frente de todos, su mesa en el centro del lugar como si fueran realeza exiliada. El murmullo de algunas chicas fue inevitable. Sus nombres eran conocidos, pero no por lo que hacían, sino por cómo lograban que los notaran.
Observaban desde arriba, con esa arrogancia típica de los que creen que el mundo les pertenece. El del medio parecía particularmente engreído. Sentado como si todo le aburriera, como si esperara algo mejor. Otro, más joven, reía con una chica que apenas podía articular palabras. Y el tercero... bueno, ni siquiera levantó la vista.
Sentí sus miradas cuando pasamos, pero no hice contacto visual. No valía la pena. Gente como ellos busca atención, y yo no regalo nada.
—¿Los viste? — susurró Emily, fascinada.
—No. ¿A quiénes?
Mentí. Por deporte.
Nos sentamos en una mesa estratégicamente ubicada frente a ellos. La segunda planta, con su diseño ovalado que evocaba la forma de un balón de fútbol americano, nos colocaba frente a frente, pero separados por una multitud. Desde su lado, podían observar la planta baja; desde nuestro lado, nosotras los observábamos a ellos.
Ignoré su existencia. Al menos fingí hacerlo.
Pedí una hamburguesa con queso, papas sin sal y agua sin gas. Comida básica. Lo necesario para no desmayarme, nada más.
Emily parloteaba como un ave herida, intentando llenar el espacio con palabras huecas. Yo solo la escuchaba de reojo, disfrutando en silencio de cómo su ansiedad crecía cada segundo que pasaba sin una respuesta mía o de Camila.
¿Era incómodo?
Para Emily, sí. Pero eso no significaba nada para mí. Encontraba un retorcido deleite en observar la reacción de mis hermanas ante el silencio entre nosotras. Emily intentaba desesperadamente mantener la conversación a flote, como si llenar el aire con palabras pudiera disipar la tensión. Sabía perfectamente que el silencio entre Camila y yo no era cómplice, sino violento.
Si Emily no estuviera, ese silencio habría explotado hacía rato.
Ella era nuestra ancla, la que nos mantenía a flote, siempre atenta a que no nos desbordáramos, porque ambas éramos una bomba de tiempo. Y si alguna vez ese odio entre nosotras saliera a la superficie sin que nadie tratara de minimizarlo, cómo lo hacía Emily, una no iba a salir con vida. Emily era quien nos recordaba —o trataba de hacernos recordar— que éramos hermanas, que la sangre no se traicionaba. O al menos, no la nuestra.
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Imparable (borrador)
ActionEn la gélida y arrogante piel de Emma Blossom se teje una trama inesperada cuando, bajo la orden de su padre, ella y sus hermanas se ven forzadas a viajar a Washington. Su único propósito es erradicar a M.B de su vida, pero en el transcurso del viaj...
