¡Ah, que graciosa eres, piojo! Hasta crees que te dejaré merodear por aquí y por allá a altas horas de la noche, de hecho, serás la primera en ir a acostarte apenas apaguen las luces en los pasillos, y ya está decidido. ¡Nada de amenazas! Qué cruel eres. Quién diría que con esa cara de bebé serías capaz de poner asquerosidades alrededor mío. ¡Que ni se te ocurra! Soy capaz de olvidarme de mi cargo y lanzarte al lago yo mismo. Y no me mires así, ya no caigo ante esos ojos de cachorro que dices tener... Ugh, te odio. Te odio. Te odio. Me caes mal.