Katherine fue la primera en llegar a ese hogar roto, y desde muy temprano entendió que la infancia no era un lugar seguro. Su padre era un hombre errático: un día ausente por semanas y al siguiente presente solo para descargar su frustración con gritos o críticas. Su madre, atrapada en su propia amargura, se convirtió en una mujer que no sabía cuidar, sino exigir. Katherine nunca recibió palabras de consuelo; apenas escuchaba órdenes, reproches y silencios.
Al principio, lloraba. Buscaba el abrazo de su madre, la voz firme y cariñosa de un padre que la protegiera. Pero esas necesidades quedaron sin respuesta, hasta que comprendió que llorar no servía de nada. A los nueve años ya había apagado casi por completo su vulnerabilidad. Se dijo a sí misma que si quería sobrevivir, tendría que endurecerse.
Cuando Elizabeth nació, Katherine descubrió un nuevo sentido para su vida. En esa bebé vio la posibilidad de lo que ella nunca tuvo: inocencia, ternura, amor sin condiciones. Desde entonces se convirtió en su guardiana silenciosa. Asumió el rol de madre cuando en realidad era apenas una niña. Le daba de comer, la cuidaba en las noches de insomnio, la distraía cuando sus padres discutían. Pero esa responsabilidad, aunque la fortalecía, también la desgastaba.
Con los años, su carácter se transformó en una coraza. Donde Elizabeth era dulzura, ella era dureza. Donde su hermana buscaba luz, Katherine se refugiaba en la sombra. Aprendió a reprimir sus emociones porque entendía que, si se permitía sentir demasiado, todo se derrumbaría. Su frialdad no era falta de amor; era exceso de miedo. Miedo a fallar, a no ser suficiente, a que su hermana sufriera lo mismo que ella.