Años después, su vida lo llevó a cruzarse con otros niños marcados por la tragedia, porque el dolor también une destinos. Entre ellos estaba Dēvon, un chico cuyo padre había sufrido un infarto repentino —o algo parecido—, un golpe inesperado que también le cambió el mundo en cuestión de segundos, pero, aunque ambos compartían esa misma sensación de vacío en el pecho, no se llevaban bien.
Desde el inicio, sus personalidades chocaron como dos tormentas. Raffael era demasiado callado, demasiado observador, como si midiera cada palabra antes de decirla. Dēvon, en cambio, tenía una forma distinta de sobrevivir: más impulsiva, más directa, como si el mundo le debiera explicaciones. Se entendían en lo que dolía, pero se irritaban en todo lo demás y aun así, el destino insistía en ponerlos en el mismo camino, porque aunque no se soportaran, en el fondo ambos sabían algo que nunca dirían en voz alta: que, quizá, nadie más podía entenderlos como ellos.