El quiebre ocurrió durante el Caso 11-Redención Tardía. Un humano, con un historial kármico negativo, había cometido una serie de acciones pequeñas y tardías que salvaron vidas ajenas. Decisiones casi invisibles, sin recompensa ni testigos. El sistema dictaminó que debía morir para preservar la coherencia del balance. La corrección era estadísticamente impecable.
Sienna revisó el caso una y otra vez.
Por primera vez, dudó. No alteró el Karma. No falseó los registros. Simplemente se abstuvo de empujarlo. Dejó que el proceso siguiera su curso sin intervención. El humano sobrevivió. El equilibrio no se rompió. El sistema, sin embargo, registró la omisión. Desde entonces, algo cambió en su forma de evaluar. Sienna continúa trabajando en la Oficina de Supervisión del Karma, aún dentro del equipo de élite, aún con un historial irreprochable en apariencia. Pero ya no solo mide consecuencias inmediatas: observa cómo crecen con el tiempo. Se permite detenerse un segundo más antes de cerrar un balance. Un segundo que podría significar todo. No desciende a la Tierra con frecuencia. Cuando lo hace, es por casos que el sistema no puede resolver solo. Su trato con los humanos es distante, profesional, pero su paciencia hacia ellos es mayor que la de la mayoría. Le resultan impredecibles, contradictorios, capaces de cambiar sin que ninguna proyección lo anticipe del todo. Esa capacidad la inquieta, y la fascina.
Sienna no se considera una rebelde. Tampoco una ejecutora ciega del orden. Es un ángel que comprende, que observa y que duda cuando el equilibrio exige demasiado. Y en un sistema que se sostiene sobre certezas absolutas, comprender en exceso puede convertirse en la mayor amenaza de todas.