Entonces luchemos para conquistar ese amanecer, Jace. Porque tienes razón: la paz no desciende sobre los hombres como una dádiva. Se conquista. Se arranca al destino con sacrificio, con sangre y con la firme voluntad de quienes se niegan a legar únicamente odio a los que vendrán después. A veces me pregunto si los Siete escucharán cuanto decimos. Si la Madre sonreirá al contemplar a dos jóvenes soñando con una vida cuando el mundo entero parece empeñado en arrebatársela. Quiero creer que sí. Quiero creer que aún guarda un poco de misericordia para nosotros. Y cuando pronuncias el nombre de Aelyx… confieso que el corazón termina imponiéndose a la razón. Ya no imagino un simple nombre. Empiezo a verle el rostro. Cabellos negros, espesos y ondulados, tan indómitos como los tuyos cuando el viento del mar juega con ellos. Un hoyuelo traicionándolo en la mejilla cada vez que sonría, el mismo que tantas veces delata tus pensamientos antes incluso de que abras esos labios, los mismos que me he descubierto deseando reclamar para mí con un beso. Tal vez heredaría tu mirada, tan serena que basta para apaciguar cuanto la rodea. Me agradaría verlo correr descalzo por la orilla mientras Vermax y Danzarina Lunar describen círculos sobre el mar sin otro propósito que dejarse llevar por el viento. Escuchar sus preguntas, incontables como praderas, y descubrir el mundo de nuevo a través de sus ojos. Enseñarle que la grandeza de un hombre nunca descansa en el dragón que cabalga, sino en el honor con que vive. Y si después llegara Saenys, sospecho que pondría nuestro mundo patas arriba antes siquiera de aprender a caminar. Tendría tu paciencia para escuchar y la fiereza de nuestra sangre cuando llegara la hora de proteger aquello que ama. Bastaría una sola de sus risas para que todas las cicatrices de esta guerra parecieran un precio pequeño.