Me fui hace años. No porque dejara de amar escribir, sino porque un día las palabras ya no salieron.
El bloqueo llegó sin avisar y me quedé mirando una pantalla vacía y me fui en silencio. Un día dejé de publicar, dejé de responder, dejé de creer que lo que escribía era suficiente.
Tuve dos cuentas. Una fue la primera (aquí), la que guardo aún por cariño, por memoria, por todo lo que me formó. La otra terminó siendo mi casa: ahí escribí, crecí, me leyeron, me esperaron. Ahí nacieron historias que amé —como Teeth— y lectoras que no solo leían, sino que se quedaban.
Cuando dejé de escribir, tomé una decisión desde el cansancio: borrar. Con ella se fueron historias, lectores, nombres que aún recuerdo y conversaciones que me hicieron sentir acompañada. No sabía que años después iba a extrañar tanto ese lugar, y sí, me arrepiento.
Me arrepiento porque crecer aquí me costó mucho.
Porque ser vista, leída y querida por mis historias no fue suerte, fue entrega. Porque perdí el contacto con chicas increíbles que conocí gracias a mis palabras.
Hoy no regreso siendo la misma. Traigo nuevas ideas, otras sombras, otras formas de amar y de escribir.
Si alguna vez leíste algo mío y sentiste que no estabas sola, si alguna historia te acompañó en una noche larga, si simplemente llegaste aquí por casualidad:
gracias.
No prometo constancia perfecta ni finales felices. Solo prometo escribir con lo que soy ahora y quedarme.