Maxwell estaba de pie, trabajando en su estación de cocina, su mente y sus manos completamente inmersas en el proceso de preparar su siguiente platillo. Para él, lo importante era lo que sucedía en la sala, lo que la comida podía hacer por las personas, no lo que él podía ver.
Escuchó el leve susurro de la cuchara de Yuhee al mover el contenido de su plato, y luego la quietud, como si estuviera saboreando y meditando cada bocado. Había algo en su actitud, algo que no podía percibir con sus ojos, pero que había notado por la ligera alteración en el aire. Algo había cambiado en ella, y ese era el propósito de la comida.
En su mundo, el acto de cocinar ya era suficiente, y la conexión con los demás surgía a través de ese simple, silencioso gesto. Maxwell sabía que a veces las palabras sobraban. La paz que encontraba en su cocina era un refugio para él, pero también era lo que podía ofrecer a aquellos que llegaban a su restaurante en busca de algo más, algo intangible.
Mientras sentía el calor de las ollas y los aromas envolverlo, escuchó que el ambiente alrededor de Yuhee se había calmado. La tensión que había notado al principio parecía haberse disipado, reemplazada por una tranquila curiosidad, un momento de respiro. Sin embargo, él no iba a moverse de su lugar, no iba a interrumpirla ni ofrecerle más que lo que ya había hecho. No lo necesitaba.
No podía ver esa mirada, pero sentía que algo en ella lo estaba observando. Sin embargo, no reaccionó. Sus ojos, vacíos de todo lo que no fuera la paz que encontraba en la cocina, seguían concentrados en su labor, mientras el resto del mundo seguía su curso.