Estábamos en un parque casi vacío, con un cielo nublado que amenazaba lluvia. Él estaba sentado en una banca, con una caja de madera pequeña entre las manos. No la miraba, la sostenía como si dentro hubiera algo demasiado delicado para exponerlo al aire.
Me acerqué y me hizo un gesto para que me sentara a su lado. No dijo mucho al principio, solo movía los dedos sobre la tapa, nervioso. Finalmente, la abrió,dentro había una pequeña vela encendida, protegida por un cristal. La llama era débil, y cada ráfaga de viento la hacía temblar.
—Es para ti —me dijo—. La encendí hace tiempo y la he cuidado desde entonces.
No supe qué responder. Miraba esa pequeña luz que parecía esforzarse por seguir viva, y sentí un peso en el pecho,él hablaba de la vela, pero yo entendía que no era la vela lo que me estaba entregando. Era todo lo que sentía por mí, concentrado en esa llama frágil.
No la tomé. Le dije que no podía aceptarla, que no era justo mantenerla encendida si yo no podría cuidarla como él lo hacía, él me miró en silencio, como si esperara que cambiara de opinión en el último momento, pero no lo hice.
El viento sopló otra vez y la llama vaciló. Él cerró la caja con cuidado, como quien guarda algo roto para que no termine de deshacerse, y sonrió débilmente, intentando que no se notara la herida.
Cuando se fue, me quedé mirando el camino vacío, pensé que tal vez esa vela seguiría encendida un rato más, o que quizás él la apagaría esa misma noche, me dije cruel, porque vi cómo la luz se apagaba dentro de él y aun así decidí no acercar mis manos para protegerla.
Porque aunque la protegiera sabía que tarde o temprano por mi propia frialdad la vela se terminaría apagando.
-gabriela B