Capítulo 1

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—¿Crees que vas a estar mejor allá?

—No puedo prometer nada.

—Mejor que acá seguro. Suficiente con que hayas venido una vez, no quiero volver a verte por estos lados, eh.

La muchacha pelirroja de la habitación número doce, de la cual se había conciliado en su estadía, le especulaba desde el otro extremo del pasillo, sermones que bien podían ser los de una madre. Sonrío tristemente al sentir que esa no iba a ser su última vez.

El peso de aquella valija le hacía rogar su llegada y también la hacía consciente de su ida. Supuso que no podía salir de allí sin despedirse de quienes la acompañaron durante tres meses. Su caminata se aligeraba en cada saludo, choque de puños y abrazos.

El arribo a su morada requería de hacerle frente no solo a su último año de secundaria, sino también a las disputas intrafamiliares, el caos fraternal y los recuerdos vívidos que entrelazaban todo ello. Encontró la luz al final del túnel, y un sol irascible arrasó con su vista. Este no le impidió ver a lo lejos el auto de su madre, y la presencia de ella fuera del mismo.

Un abrazo frío la envolvió para luego meter su valija dentro del baúl. Unas palabras frías le siguieron, dando un consuelo ineficaz para aquella muchacha que tenía más ojeras que razones para vivir.

—Tengo que contarte algo importante—dice su madre.

La muchacha no respondió y esperó pacientemente las palabras que su madre pronunciaría.

—Tu papá y yo nos separamos—dice, mientras maneja rumbo al hogar que hace mucho tiempo había dejado de serlo.

— ¿Qué?¿Qué pasó?—La confusión formó parte de su estado de ánimo.

—No interesa, vos limítate a estudiar, trabajar y no recaer. —Su mirada fría caló en lo más hondo, y allí sintió que la idea de volver al lugar de dónde salieron, no era tan mala.

—Veo que nada cambió—susurra, y maldice dentro de sí misma.

El viaje hasta su casa duró unas cuantas horas y no fue unos minutos después de su llegada al pueblo, que recibió mensajes de las amistades que había dejado allí. La llamó Sarah y también la llamó Samuel. Sus dos mejores amigos con quién había forjado un vínculo fraternal.

Todos esperaban verla y saber cómo estaba. Sin embargo, lo único que pretendía ella, era hablar con su padre para que le pueda comunicar el porqué de esta situación que recientemente le había comentado su madre. La relación madre e hija nunca fue indulgente, era más un tire y afloje que no cesaba nunca. El apoyo paternal era a lo que se aferró luego de meses de catástrofes y desgracias intrapersonales.

El torrente sanguíneo de la morocha fluía con más velocidad y sus preocupaciones se tornaron más angustiantes al ver que el auto frenaba frente a la magnificencia de su baúl de recuerdos.

La casa de los Torres y su maldito jardín delantero.

Azotaban recuerdos mientras subía lentamente esa escalera que comunicaba la entrada hacia el interior del infierno. Un infierno en el que había logrado conformar sus primeros años de vida y también los años de vida que amenazaron acabar con la misma. Entrar, sentir, oler, visualizar el pasado siendo ese, el escenario que forjó todo. Una película de sensaciones, fotografías de momentos inmemorables que se plantaban frente a ella.

No tuvo el valor de subir a su habitación, asique dejó sus cosas en ese living lúgubre que recorría las cuatros paredes donde se encontraba.

—Me voy—dijo, seca.

—¿A dónde vas a ir? Elizabeth, recién llegas de rehabilitación, déjate de joder.

—Quiero ver a papá.

Cuando pase el temblorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora