La primera vez que mis papás me dijeron que nos mudábamos a Nueva York, me quedé hecho polvo. O sea, ¿tenía que dejar atrás a mis amigos y toda mi vida sólo porque a mi papá la habían ascendido? ¿Por qué no podíamos quedarnos en Londres, donde hacía buen tiempo y había unos lugares muy bonitos?
Luego, me di cuenta de que empezaría de cero. Siempre había envidiado a los chicos nuevos que llegaban a la escuela. Todo el mundo les hacía caso. Los envolvía un aura de misterio. Podían convertirse en la persona que quisieran. Así que, a lo mejor, la idea de mudarse no era tan mala. Me iba a convertir en un forastero procedente de una tierra extraña. ¿Qué chica se resiste a eso?
Y por fin llegue a Nueva York.
Cuando la directora me presentó a T/n, me puse nervioso, porque era muy bonita. En seguida, al cabo de unos 2.5 segundos, me hizo saber que no le interesaba en lo más mínimo. Si le hubiera dado un vaso de leche, se le habría congelado en la mano en menos de un minuto. Así de fría fue. Supuse que no volvería a hablarme y me centré en los chicos de la escuela. De todos modos, los hombres siempre se llevan mejor que las mujeres.
Aquel primer día, justo antes de comer, me acerqué a un grupo de chicos, me presenté e intenté aparentar que controlaría la situación. Sin embargo, estoy seguro de que aprestaba a desesperación por todos lados. Me di cuenta enseguida de que Will, ese mala sangre, era el cabecilla del curso. Iba a todas partes acompañado de un grupo de tres o cuatro chicos y todos llevaban playeras de no sé qué equipo de Nueva York. Will vestía una sudadera de los Knicks y jeans por la rodilla. Medía más de metro ochenta y le pasaba una cabeza a todo el mundo, incluso casi todos los maestros. No estaba delgado pero tampoco gordo; sencillamente, era un tipo grande.
Cuando me acerqué a él, me miró de arriba abajo y me soltó: "¿Qué te pasa?", antes incluso de que tuviera ocasión de presentarme. Dije unas cuantas estupideces y me sentí como si me estuvieran entrevistando para un trabajo.
Entonces cometí un error fatal. Debería haber sido más listo.
Reconocí ser fan de los Red Sox.
Juro que oí el siseo.
Supuse que, en cualquier caso, me tomaría el pelo, como hacen los hombres. Era eso lo que esperaba, lo que ansiaba. Porque si los chicos te toman el pelo, significa que te han aceptado, más o menos.
En cambio, cuando me serví el almuerzo y busqué una mesa, nadie me miró siquiera. Todos estaban demasiado ocupados hablando de sus vacaciones como para fijarse en el chico nuevo. En vez de ser el recién llegado que despertaba el interés de todo el mundo, me trataban como si tuviera lepra o algo así. Me habían repetido hasta el cansancio que la gente de Nueva York era simpatiquísima, pero yo no tuve esa sensación. Me sentía como si hubiera invadido su territorio. No había pasado ni medio día y ya tenía ganas de llorar.
Entonces llegó T/N.
Me salvó de la humillación pública de tener que comer solo el primer día de clases. A partir de entonces, me senté a comer con ella y sus amigas, cada día.
Al principio, no me agradaba mucho eso de que T/N viniera a casa los miércoles después de clase. En cuanto llegaba, sacaba las tareas y se ponía a trabajar hasta que su padre venía a buscarla. Sólo se animaba cuando veíamos algún episodio de Buggy y Floyd. Al cabo de unos cuantos miércoles, empezamos a charlar un poco más.
Era bastante cool. O sea, increíblemente cool, aunque a veces podía ser muy distante.
Un miércoles, cosa de un mes más tarde, tuvo que quedarse más rato que de costumbre. Mi mamá llegó del supermercado y dijo:
--T/N, querida, tu padre acaba de llamarme. Se le hizo tarde, así que tendrás que quedarte a cenar. Espero que te guste la carne molida.
Sentada en la mesa del comedor en la que solíamos estudiar, T/N se quedó mirando a mi mamá, que había entrado en la cocina y estaba sacando la compra. Procuré no reírme en la cocina T/N frunció el ceño. Siempre hacía eso para concentrarse, tanto en las matemáticas como en mi mamá. Me parecía adorable.
--Eh --intenté que T/N me prestara atención--. ¿Quieres que juguemos a un videojuego o algo así?
--Prefiero acabar el trabajo de literatura.
Se puso a escribir a toda prisa.
Agarre el manoseado libro que estaba leyendo.
--¿Miss Lulu Bett? --me reí--. ¿Estás haciendo un trabajo sobre alguien que escribió un libro titulado Miss Lulu Bett?
T/N tendió la mano hacia el libro.
--¿Puedes tener cuidado, por favor? Lo saqué de la biblioteca. Es una rareza.
Le ofrecí el libro con ambas manos haciendo un gesto de reverencia.
--Y, para que te enteres, la autora, Zona Gale, nació en Wisconsin y fue la primera mujer galardonada con el premio Pulitzer de teatro.
--Uh...
Casi siempre le respondía eso cuando T/N me soltaba un sermón. Me iba bastante bien en la escuela y sacaba buenas notas, pero no era tan ñoño como ella.
T/N siguió escribiendo.
--¿Y tú trabajo de qué trata? ¿Del doctor Seuss?
--Me gustan los huevos verdes con jamón.
T/N hizo una mueca.
--A veces no sé ni por qué me molesto.
Fingió volver al trabajo, pero me di cuenta de que le empezaban a bailar las comisuras de los labios.
Volví a agarrar el libro con cuidado.
--A lo mejor debería leer éste. Me pregunto qué clase de apuesta hizo Miss Lulu.
Lo dije porque bet significa "apostar" en inglés. T/N gimió.
--Señora Sangster, ¿necesita ayuda con la cena?
Mi mamá asomó la cabeza por el umbral de la cocina.
--No te preocupes. Creo que ya está todo.
T/N se levantó de todos modos y se reunió con ella.
--¿Seguro?
--Bueno, si quieres me puedes ayudar a cortar las verduras.
Mi mamá le sonrió.
"Genial, ahora tendré que ayudar yo también", pensé.
Si quieres quedar como vago, invita a T/N a cenar.
Mi mamá sacó pimientos rojos y verdes, calabacitas y champiñones de la bolsa de compra y le dio a T/N la tabla de cortar y un cuchillo. T/N se quedó mirando el cuchillo y las verduras como si le hubieran puesto delante una ecuación muy complicada. Acercó el cuchillo al pimiento, primero en un sentido y luego en otro.
Por fin, dirigió la vista hacia mí, seguramente pidiendo ayuda. Vaya ocurrencia. El año pasado, cuando intenté preparar palomitas en el microondas, estuve a punto de quemar la casa. El tufo a palomitas carbonizadas duró una semana. Desde entonces, tengo prohibida la entrada en la cocina.
--¿Quiere que las corte de alguna forma en especial? --le pregunto a mi mamá.
Ella abrió la boca, pero antes de que dijera nada se le prendió el foco. Se acercó a T/N y le enseño los distintos modos de cortar cada cosa. Los ojos cafés de T/n la miraban todo como si se lo tuviera que aprender para un examen.
--Gracias --dijo en voz baja cuando se puso a trabajar --. En mi casa apenas se cocina. Ya no.
En aquel momento, me di cuenta de que T/N estaba enamorada de mi mamá. Fue Emma quien me conto lo del accidente de coche; T/N no me había dicho gran cosa sobre su madre. No tenía ni idea de si debía comentarle algo al respecto, o preguntarle. O sea, ¿que se hace en esos casos?
Que me cuelguen si lo sé.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Holiiis, sé que paso mucho tiempo desde que inicie con esta historia, pero a lo largo de los años que pasaron en mi vida sucedieron muchas cosas que hicieron que me dieron algo de pena seguir con esta historia, pero como ya soy un poco más madura me gustaría seguir con la historia.
Espero contar con su apoyo para continuar y finalizar la historia.
ESTÁS LEYENDO
¿Y si quedamos como amigos?
FanfictionAdaptación del libro con mismo nombre de la autora ELIZABETH EULBERG ¿Es posible que un chico y una chica sean sólo amigos? ¿O están siempre a una pelea de no volverse a hablar jamás y a un beso de distancia del verdadero amor? T/N y Thomas se hici...
