El cielo casi que ni contaba con la luz de una sola estrella, por lo que sin el baño pálido de la que provenía de la Luna, los pasadizos y corredores del ala sur del palacio difícilmente pudieran estar más oscuros.
Se escuchaban pasos, pero no de gente; poner atención no era un requisito para poder notar el sonido chirriante de las patas de los ratones que desfilaban por entre los cuartos de la servidumbre, ni los agudos chillidos que dejaban escapar al ser aplastados por cualquier obstáculo. En la pura inactividad humana que se asentaba en todo el bloque a tales horas, estar al tanto de todo aquello resultaba mucho más inquietante.
Los establos se extendían a las afueras de esas paredes, y el hedor a excremento y crines desatendidas de los animales que no hacían de mascotas a los del Salón del Trono saturaba el ambiente con su esencia.
—¿Estás bien?
Armin respondió que sí con la cabeza a ese dulce susurro. Los dedos níveos de la princesa bastarda hicieron un viaje pausado por orejas, por sus mejillas, y sus dos pequeños pulgares terminaron encontrándose suavemente sobre el puente de su nariz irritada, no precisamente porque acabara de estornudar. Intentó distinguir su rostro en la penumbra del cobertizo, y aunque la sabía en frente suyo fue una operación sin éxito. Entonces se dio cuenta de que Historia no habría sabido su respuesta.
—Sí, estoy bien —así que dejó escuchar su voz en un tono semejante al de ella. Hubo una pausa.
—Esas alergias...
Armin sonrió, y esta vez Historia lo supo porque lo sintió bajo sus manos, que seguían centradas en irradiar calidez a su piel rojiza. No obstante a la carga amarga en la atmósfera del ala sur, ninguno de los dos había tenido un momento más grato en todo el día que el que estaban compartiendo en las tinieblas de ese lugar.
—Me alegra que no hayas tenido que estar en las patrullas hoy.
La espalda de Armin cedió más contra las mohosas tablas detrás de sí, ahora soportando sobre ellas el peso muerto de dos personas que se servían recíprocamente de colchón, y de abrigo. Él estrechó el abrazo que los unía, la atrajo hasta sentir su respiración en el hoyo del cuello, y el vaivén desenfado de su pecho al acercarse y despegarse rítmicamente del de él.
—El General dijo que lo de esta noche no es trabajo de soldados de élite, pero que tampoco lo es de mediocres —le contó muy bajo al oído.
Un pellizco gentil hizo arder sus costillas.
—Auch.
—No te vuelvas a llamar así.
—No, está bien... en un final, es gracias a mi inutilidad en peleas y tumultos que estoy con usted aquí.
Pudo captar un gemido ambiguo, pero de concordia, cuando estaba por añadir cualquier otra cosa a la plática. Unos pocos segundos más tarde sus dos cuerpos estuvieron aun más cerca, esta vez el esfuerzo hecho por ella.
Armin tenía los ojos clavados en la oscuridad, y en todo el tiempo que permaneció allí, inmóvil, desentendido de las bajezas del ala sur, sin hacer más que albergar en brazos a esa personificación de sentimientos lindos, los dos hoyos negros que interrumpían el mar en sus iris consiguieron adaptarse a las tinieblas. Al pie de la loma alta sobre la que se erigía el Palacio Real tenía su sitio una urbe, la peor de las de toda Sina, si no de Paradis, y desde aquella esquina sucia en el cobertizo de los establos se tenía un panorama muy bueno del condenado suburbio.
—Están festejando, en el Barrio Bajo.
—¿Sí? —dejó de estar sobre él para sentarse a su lado.
—Sí. ¿Ve las luces en esa dirección? Centre el oído solo un poco, se siente el eco de las panderetas y los zapatos.
Las manos masculinas se escabulleron en la melena contraria por detrás, y se deslizaron hasta colarse cada una detrás de una oreja, como amplificadoras.
—Oh... es verdad. ¿La Noche de los Muertos? ¿Crees que eso sea lo que celebran allá? —él asintió—. Espero... que ningún guardia de las patrullas les estropee la noche. Esa gente solo busca disfrutar de sus creencias y ser feliz.
La mano derecha de la ilegítima sobrina del Rey subió por su propio costado hasta encontrar a la del cadete. Se tocaron, las unieron, las bajaron a la paja otra vez.
—Armin...
—¿Sí?
—¿Les habrías estropeado tú la celebración a los que la tuvieran, si el General te hubiera incluido en las patrullas este año; lo harás si te incluye en el siguiente? —volteó a verlo, pero no lo vio, así que devolvió sus lupas de cristal a los fuegos del pueblo.
Volvió a voltear al minuto de silencio, sin embargo, porque el frotar del heno debajo las botas y de su uniforme que Armin removía al estarse levantando capturó sus sentidos.
—¿Ah? Qué... —fue separada del suelo por un suave jalón de la misma mano que todavía mantenía enlazada a la de él.
—¿Ha estado en esas fiestas alguna vez? —le preguntó muy bajo, al estar seguro de que ya se encontraba de pie.
—Mmmh... no.
—Vayamos.
Los labios de Historia cobraron vida para tratar de decir muchas cosas; la única que salió a flote al final fue la música de una sonrisa.
—¿Sí, quiere? Me gustaría mostrarle una. El pueblo está solo a dos kilómetros de aquí, estaremos de vuelta para el amanecer y no habrá... —su asentimiento repentino le hizo callar.
Su reina aceptó.
De inmediato, tan bien como si sus pies los guiaran por un llano en el más claro de los días recorrieron el piso de los establos zigzagueando entre el estiércol y las ratas, hasta alcanzar el pasto de los patios reales, y luego el trillo que indicaba los confines del castillo. La milla y media pareció un par de pasos estando juntos, yendo en un trote a la par, capa y falda oscilando con cada movimiento, y sin desunir el contacto entre sus dedos.
La aguja horaria de algún reloj marcaría las tres del nuevo día en aquel momento en el que para la concentración de Historia, los sonidos y cantos callados de los del pueblo ya no existían, y nada podía destacar más que el destello de naturalidad en los ojos de Armin, justo terminado de formular una pregunta sencilla: «Entonces, princesa, ¿me cree capaz alguna vez de lastimar la ilusión de esta gente?».
La gente bailaba, cantaba y comía los nabos tradicionales en el albergue de un callejón, en el azar de no haber sido encontrados por ninguna facción de la policía anti-paganismo. Desde el techo de una casa en ruinas él le había mostrado el tremendo espectáculo, y aunque ahora sus pupilas estuvieran explorando algarabía tal, las de ella no parecían conocer un objetivo más inercial que los orbes azules de él.
Le respondió con un sonido gutural que negaba su pregunta, grato, con seguridad.
Y así él le dedicó una mirada alegre por la que ella apenas notarla enmudeció.
Las luces de los fuegos que ardían metros abajo hallaban espejos en esas esferas de cielo, y aun estando en una noche así de turbia, las chispas hacían maravillas en la opacidad de su color de mar, como las pavesas brillan en la densidad del humo. Dos, tres segundos después, no hubo más que ellos dos.
La Noche de todos los Santos se erigió como escenario de la inocencia de un solo impulso, uno clave para que un par de labios encontrara para siempre su hogar en otros.
fin
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Pavesas en el humo: historias para un Halloween
FanfictionEn una noche, las creencias más absurdas pero limpias de unos conviven en contra del odio sucio a lo extraño de otros. Unos muchos hacen suya la celebración de una fe en el reencuentro con los que ya no están, mientras evaden ser descubiertos por u...