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Un Omega de 38 años caminaba lentamente por el pueblo, cumpliendo con la solicitud de su hermana Julieta. Tenía que comprar especias y varios ingredientes para la comida, y aunque no le apetecía salir de su hogar, no pudo negarse. Siempre hacía lo que Julieta le pedía, incluso si eso significaba enfrentarse a las miradas de los Alfas que lo observaban de lejos.
Cuanto más se alejaba de su casa, más intensas se volvían esas miradas. Bruno pensaba que esas miradas de los Alfas eran llenas de desprecio por su naturaleza de Omega, pero la verdad era mucho más oscura. Lo que esos hombres veían en él no era desdén, sino un deseo lujurioso, un anhelo que Bruno no sabía cómo manejar.
— ¿Qué más me falta? — murmuró Bruno, mirando la lista escrita a mano con las cosas que Julieta le había encargado. Repasaba la lista una y otra vez, como si de esa forma pudiera distraerse de las miradas ajenas.
Entonces, la escuchó. Esa voz que lo hacía sentir incómodo cada vez que la oía.
— Cuánto tiempo sin verte, Brunito~ — la voz resonó a su espalda, suave pero cargada de una intención demasiado familiar.
Bruno se giró, y no necesitó mirar mucho para saber quién era. Ernesto. Un Alfa que no había olvidado ni por un segundo su obsesión con él, y que lo buscaba cada vez que podía. No porque lo quisiera, sino porque era el único Omega en la familia Madrigal, y para un Alfa como Ernesto, eso lo hacía un trofeo.
— Ernesto... — la palabra salió de su boca como un suspiro de resignación. — ¿Cuánto tiempo?
— No lo sé... ¿unos diez años? — Ernesto sonrió con suficiencia, como si el tiempo no hubiera cambiado nada.
— Y en todo ese tiempo, ¿no lograste olvidarme? — Bruno levantó una ceja, su tono fue más ácido de lo que pensaba, pero se sintió bien.
— Sabes que jamás te olvidaré, Omega. — La voz de Ernesto se volvió más grave, y su mirada se hizo más peligrosa mientras comenzaba a acercarse. Bruno pudo ver cómo su cuerpo se tensaba, preparado para lo que sabía que venía.
Bruno retrocedió un paso. El miedo comenzaba a apoderarse de él, pero no quería mostrarlo.
— U-uno... aléjate de mí. Y dos, mi nombre es Bruno. Si me permites, tengo cosas que hacer. — Intentó mantener la compostura, pero la presión del Alfa sobre él era palpable.
— Oh, vamos, ¿qué pasa? No te tomará nada quedarte un rato. Solo queremos divertirnos un poco. — La sonrisa de Ernesto era una amenaza disfrazada de cortesía.
Bruno sintió su corazón latir con fuerza en el pecho. No sabía cómo escapar de esta situación sin provocar un conflicto, pero antes de que pudiera hacer nada, una voz juvenil interrumpió la tensión que había comenzado a acumularse en el aire.
— ¡TIO BRUNO! ¡Ahí estás! Mi tía te está buscando. — Camilo apareció de repente, tomando la muñeca de Bruno con firmeza y apartándolo de Ernesto con una fuerza inesperada.