Ella lloraba con calma
de rodillas en el suelo
y mantenía en sus palmas
aquel mojado pañuelo.
Se le veía abatida,
daba lástima observar,
estaba viva y sin vida
como las olas del mar.
A su lado reposaba
el cuerpo de mariposa
de la niña que pintaba
en su sonrisa una rosa.
Gritaba desesperada
por la pérdida inminente,
mientras con fuerza agitaba
el manto lleno de muerte.
Sentí rabia contenida
contra el causante de aquello,
pero estaba en la camilla
donde lo habían perdido.
Ese día lo aprendí,
de nada sirve culpar,
sólo queda resistir
y nunca dejar de amar.
Y.D
