Nova ha sufrido una gran pérdida en su vida y lucha por dejar atrás su pasado doloroso. Para ello, decide empezar de cero y aceptar un trabajo como personal de limpieza en el prestigioso Georgia White, un hospital especializado en enfermedades cardí...
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"En algunos casos, no se necesita una enfermedad cardíaca para que tu corazón deje de latir con ganas, sino motivos".
Nova
Cada año, aproximadamente 1 de cada 100.000 niños en Estados Unidos sufre de miocardiopatía. Una enfermedad que ataca el músculo del corazón, causando que este se agrande y debilite. Ocasionando la ingesta de medicamentos por el resto de su vida o la necesidad de una cirugía que puede llegar a ser riesgosa e incluso mortal.
Esta enfermedad marca la vida de los que los padecen y los de su alrededor, interfiere en su forma de interactuar y realizar nuevas amistades y en la mayoría de las ocasiones acaba con los sueños de muchos pequeños inocentes, también de adultos.
Podrán preguntarse: ¿qué tiene que ver todo esto conmigo si no estoy enferma? No los culpo, yo también lo hacía, hasta hace poco.
Sostuve con mucha fuerza el trapeador mientras empujaba el carrito de limpieza por el pasillo. Miré de reojo a Ellen, que desde hace rato se encontraba caminando conmigo por el pasillo. Ella ladeó una sonrisa con la vista puesta en el piso, observando los pasos cortos que daba.
—Entonces, ¿me acompañarás a McDonald's? —preguntó. —He oído que en la cajita feliz están dando coleccionables de Pokémon. Los quiero a todos. Pero no sé si sea innecesario comprar diez cajitas felices solo por los juguetes.
Apreté los labios. —Tengo que trabajar horas extras.
Me miró con mala cara y negó un par de veces. Observé su oscuro cabello que se sostenía en un moño perfecto sin dejar escapar ni un solo mechón, a diferencia de mí, que prácticamente tenía un nido de palomas en la cabeza.
—No crees que deberías darte un descanso. Eso de trabajar horas extras, todo el tiempo, puede llegar a ser perjudicial para tu salud. Está científicamente comprobado.
—¿Ah, sí?
—Sí —hizo una pausa. —Vamos, solo será una hora.
Lleve uno de los mechones de mi cabello detrás de la oreja. ¿Cómo le decía que no sutilmente?
—Prometo que te acompañaré a la fiesta de aniversario de tus padres y luego saldremos a McDonald's. —Hice una pausa cuando suspiró. —Le daremos las hamburguesas a las personas en la calle. Pero claro, tú pagarás todo —sonreí mostrando la dentadura.
—Qué divertida. Si tú eres la que trabaja horas extras todo el tiempo, entonces también deberías de pagar. A este paso, con todo lo que has ahorrado, sería más que suficiente para volverte millonaria.
Lancé una pequeña carcajada. Ella rodó los ojos.
—Pero tú eres la que quiere ir, no yo.
Chasqueó la lengua y elevó la comisura de sus labios.
—Mis padres se sentirán muy felices de verte por allá —cambió el tema de conversación —Aunque aún falta mucho para eso —hizo una pausa corta —Por eso deberíamos de ir a comprar esas hamburguesas antes.
Se detuvo y sacó un bolígrafo del bolsillo de su bata de enfermería. Caminé unos pasos más que ella y me detuve también para luego darme la vuelta y verla de frente. Ellen estaba residente en la clínica desde hace un par de meses. Dos meses después de que yo llegué aquí, creo que por eso conectamos al instante. Tal vez estábamos destinadas a encontrarnos. Ella no quería estudiar medicina y yo no quería terminar limpiando pisos, pero aquí estamos.
—Entonces, tenemos que ponernos de acuerdo. Ya sabes, necesito tener todo organizado —hablé, ella alzó la cabeza sutilmente para mirarme — Y sobre la fiesta de tus padres, iremos juntas, ¿cierto?
Asintió y anotó algunas cosas en una carpeta con mucha concentración. Sabía que estaba escuchándome, podía hacer miles de cosas al mismo tiempo y todas le salían perfectas. Tenía un don especial, porque para mí eso era imposible.
—¡Claro que sí! —Miró en dirección a una habitación y me regaló una sonrisa de boca cerrada. Debía irse. Ya había dado muchas vueltas. —Planearemos todo luego, por ahora debo hacer unas cosas. Te quiero.
Guardó el bolígrafo nuevamente en el bolsillo de su bata y caminó hasta la habitación en donde su vista estaba posada anteriormente. Mis ojos la siguieron en todo momento y, una vez entró, devolví mi cuerpo hasta el frente. El pasillo se encontraba solo y un sentimiento de nostalgia me invadió con velocidad.
Llené mis pulmones de aire y lo solté por la boca.
Conocí el Centro de Miocardiopatías Georgia White cuando cumplí diecisiete. En ese momento jamás hubiese imaginado que terminaría aquí, siendo parte de esta familia. Que los demás serían parte del pasado. Y que este lugar se convertiría en casa.
Seguí mi camino y me detuve justo en la sala de espera, para limpiar el piso. Exprimí el trapeador y lo pasé por el suelo de cerámica pulida. La enfermera que se encontraba en la mesa de recepción me invitó a quedarme con ella y charlar un rato, pero al terminar, volví el trapeador al balde y caminé hasta el cuarto de limpieza, en donde dejaría las cosas y tomaría mi descanso.
Al llegar abrí la puerta del cuarto de servicio, en donde en algunas tardes hacía espacio entre las cajas de desinfectante y dormía un poco. Caminé junto con el balde, pero sostuve la puerta para que no se cerrara. Hace poco había ocurrido un problema con la manija y una señora del otro turno. La repararon, pero por alguna extraña razón no podía abrirse desde adentro. Por eso había un letrero grande en la puerta, que advertía de no cerrarla si estabas dentro. Respiré con calma, inhalando el olor fuerte del desinfectante concretado. Olor a limpio. La cosa que más amaba en el mundo.
—Carajo.
Grite y llevé una de las manos a mi pecho para sentir los latidos acelerados de este, y la otra la llevé a mi boca para callar la impresión. Solté el aire y luego posé la vista en él. Quedé inmóvil en mi lugar, mirándolo con los ojos abiertos de par en par.
No sé qué demonios hacía aquí, pero tenía que irse. Toqué el pomo de la puerta y lo giré para proseguir abrirla, pero no funcionó.
Claro que no iba a funcionar, estúpida.
Por un pequeño segundo sentí que mi corazón volvía a acelerarse. Él dijo algo, pero yo no podía escuchar nada. Cerré los ojos con fuerza. Luego exhalé, esfumando cualquier recuerdo de ambos.
—Solo personal autorizado —Hablé como un robot que acababa de emitir una palabra para la cual había entrenado desde hace mucho.
Pareció dudar muy bien en lo que ocurría. Podía verlo en su rostro, sus cejas pobladas, fruncidas. Dijo algo más que tampoco entendí. Sin embargo, luego de un par de segundos, reaccionó.
—Lo siento —se disculpó, no sé por qué, y aun así no hizo nada para marcharse. —Yo, de verdad, lo siento mucho.
Lo miré de pies a cabeza; era muy tarde como para ser visita, y claramente no era un doctor o algún residente. No habían contratado alguien nuevo en el área de la cocina y menos en el de limpieza. Además, no lucía como alguien que trabajara aquí. Él jamás trabajaría en un lugar así.
Tragué nerviosa y recordé aquella vez en la que Margaret nos había dicho que él tenía prohibido el paso a la clínica. Desvíe la vista hasta los envases de desinfectante que yacían en el suelo. Inhale fuerzas y hable:
—Pues las visitas a estas horas están prohibidas y, ya que lo sabes —volví a intentar girar la manilla, pero claramente no funcionó.
Claro que no iba a funcionar; la bendita puerta no abría desde adentro.
—Maledizione
Lo escuché susurrar algo casi inaudible, pero que no repitió en voz alta.
—¿Qué sucede? —preguntó un par de segundos después.
Me giré, apreté los labios y recliné la frente en la puerta mientras seguía sosteniendo el pomo.
Trágame tierra y escúpeme en Alaska
—¿Me vas a decir qué sucede?
—No se puede abrir la puerta desde adentro. Está dañada... —Comencé a hablar, pero me interrumpió.
—Veo que ya lo descubriste.
Me giré y lo miré con mala cara. —Me preguntaste qué me sucedía.
Me observó confundido —Sí, eso fue lo que hice.
Hubo silencio por unos segundos.
—Brown —Lo llamé por su apellido; había logrado oírlo un par de veces; siempre estaba atenta a los pequeños detalles. —Tienes prohibido el paso a la Georgia White, ¿qué haces aquí?
Se giró ignorando mis palabras. El muy idiota me había dado la espalda. Jamás nadie me había dado la espalda.
Miré el reloj de mi muñeca ansiosa y volví la vista hasta él. Era mi descanso, treinta minutos que desperdiciaría aquí metida.
—¿Tienes celular? —pregunté un poco más calmada.
—No.
—¿Alguien sabe que estás aquí?
—No.
Mordí mi lengua para evitar soltar una palabrota y lo miré. Estaba malhumorado, ¿quién sabe cuánto tiempo habrá estado aquí encerrado? Por otro lado, yo estaba cansada, me había matado en trabajar en todo el día. Eso no era una buena combinación.
—¿Sabes el código morse?
Frunció el ceño.
—No.
—¿Sabes decir algo más que no sea, no?
—¿Por qué conocería el código morse? Es una pregunta estúpida.
—Yo estoy tratando de dar soluciones, en cambio, tú...
—¿Podrías pegar gritos, tal vez te escuchen? —Entrecerré los ojos. —Eso es una solución o ¿no?
Me encogí de hombros y él tomó asiento sobre una caja llena de materiales de limpieza. Podría gritar, sí. Pero sí me encontraban aquí con él, no creo que se lo tomarían bien. Ni la doctora Smith, ni nadie.
Suspire.
Sería una larga noche.
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