—Se ve muy bonita, ¿Verdad?— pregunta Alana por tercera vez en menos de media hora, con esa mirada de orgullo que solo los niños pueden tener.
—Hermosa, sin duda alguna— contesto, aunque sea una mentira piadosa.
Observo la caja que ha decorado con tanto entusiasmo para la pequeña lechuza que Lucas encontró en el ático. En lugar de parecer un refugio acogedor para un polluelo sin madre, parece más una mini discoteca dentro de una caja de cartón. Alana la ha pintado de un morado brillante, casi cegador, y la ha decorado con purpurina, calcomanías de unicornios, hadas y, por supuesto, su más reciente amor platónico: Pocoyó. Además, con su letra desprolija, ha escrito "Tuti" en grandes letras en uno de los costados.
Pobre lechuza, probablemente pensará que ha aterrizado en una fiesta psicodélica en lugar de un nido improvisado.
—¿Me veo linda, verdad?— pregunta esta vez refiriéndose a sí misma, girando frente al espejo con una amplia sonrisa.
—Como siempre, preciosa— respondo mientras la observo.
Me siento orgullosa del peinado que le hice: un moño alto perfectamente recogido, adornado con unas delicadas hebillas que combinan con su pijama azul de arcoíris. Es adorable, y verla tan feliz me llena de alegría. Cuido su cabello con esmero, no quiero que termine dañado como lo estuvo el mío hace unos años.
Le rocío un poco de mi perfume favorito porque, como siempre, ha acabado con el suyo en tiempo récord. Ella sonríe, emocionada, y me envuelve en un abrazo tan fuerte que casi me tumba de la silla. La abrazo de vuelta y le lleno las mejillas regordetas de besos, riendo juntas.
Sin embargo, mis alergias hacen su aparición en el peor momento. Me aparto rápidamente para estornudar en dirección opuesta, evitando que Alana reciba todo mi ataque nasal.
—Este lugar va a matarme— murmuro mientras busco un pañuelo.
—Venga, pushi, ve a mostrarle tu hermoso peinado a tía Mari. Yo todavía tengo que arreglarme— le digo, dándole un suave empujoncito hacia la puerta.
Ella salta de la cama con energía y corre hacia la puerta, dejándola abierta como siempre. Suspiro y la cierro detrás de ella.
Me siento frente al tocador y comienzo a peinarme. No soy fanática de llevar el cabello suelto, odio la sensación de los mechones pegándose a mi cuello cuando sudo. Así que, siguiendo el ejemplo de Alana, me recojo el cabello en un moño alto.
No me esforcé demasiado eligiendo mi ropa. Después de todo, es una cena en casa, nada extraordinario. Opté por una cómoda pijama de dos piezas: un pantalón acolchonado verde y un abrigo a juego para mantenerme abrigada. Para completar mi look, uso mis calcetines favoritos con diseño de patas de pollo. Son ridículos, pero me encantan.
Con el cabello listo y mi atuendo elegido, tomo mi celular y salgo de la habitación. Agradezco que el wifi de la casa funcione bien, aunque aún no tenga internet en mi teléfono. Bajo las escaleras con rapidez, casi saltando los escalones, con la mirada fija en la pantalla mientras reviso mis mensajes.
—Si tropiezas, te juro por la Luna que me reiré durante dos horas antes de decidir ayudarte— la voz de Lucas resuena detrás de mí, cargada de esa burla que parece haberse vuelto su sello personal. Me detengo en seco y suelto un bufido, frustrada por su tono.
—¿Y así somos familia? Se supone que deberías cuidarme, no burlarte de mí— le reclamo, señalándolo con indignación.
—Y lo hago, ¿No lo notas?— responde con ese aire despreocupado que siempre lleva consigo —Al burlarme de ti, recordarás este momento cada vez que bajes unas escaleras. Y lo harás con más cuidado para que nadie más tenga motivos para reírse. Es mejor que sea yo quien lo haga primero. Es como una vacuna, pero emocional— añade con un gesto que parece una mezcla entre lógica y humor.
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Los Marshall
WerewolfEn el sombrío giro de este cuento, Caperucita no se encuentra con un lobo solitario en el bosque, sino con tres bestias voraces que, lejos de querer devorarla, anhelan poseerla como suya. En lugar de temor, nace un amor oscuro entre la inocencia de...
