IV

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Todos saben que maté a María Iribarne Hunter. Pero nadie sabe como la conocia, que relaciones hubo exactamente entre nosotros y como fui haciéndome la idea de matarla. Trataré de relatar todo imparcialmente porque, aunque sufrí mucho por su culpa, no tengo la necia pretensión de ser perfecto.

En el salón de primavera de 1946 presente un cuadro llamado "maternidad". Era por el estilo de muchos otros anteriores: como dicen los críticos en su insoportable dialecto, era sólido, estaba bien arquitecturado. Tenía, en fin, los atributos que esos charlantes encontraban en mis telas, incluyendo "cierta cosa ciertamente intelectual". Pero arriba, a la izquierda, através de una ventanita, se veía una escena pequeña y remota: una playa solitaria y una mujer que miraba el mar. Era una mujer que miraba como esperando algo, quizá algún llamado apagado y distante, la escena sugeria, en mi opinión, una Soledad ansiosa y absoluta.

Nadie se fijó en esta escena: pasaban la mirada por encima, como por algo secundario, probablemente decorativo, con excepción de una sola persona, nadie pareció comprender que esa escena constituía algo esencial. Fue el día de la inauguración. Una muchacha desconocida estuvo mucho tiempo delante de mí cuadro sin dar importancia, en apariencia, a la gran mujer en primer plano, la mujer que miraba jugar al niño. En cambio, miro fijamente la escena de la ventana y mientras lo hacía tuve la seguridad de que estaba aislada del mundo entero: no vio ni oyó a la gente que pasaba o se detenía frente a mi tela.

La observé todo el tiempo con ansiedad. Después desaparecio en la multitud, mientras yo vacilaba entre un miedo invencible y un angustioso deseo deseo de llamarla. ¿Miedo de que? Quizá, algo así como miedo de jugar todo el dinero de que se dispone en la vida a un solo número.

Sim embargo, cuando desapareció, me sentí irritado, infeliz, pensando que podría no verla más, pérdida entre los millones de habitantes anónimos de Bueno Aires. Esa noche volví a casa nervioso, descontento, triste.
Hasta que se clausuró el salón, fui todos los días y me colocaba suficientemente cerca para reconocer a las personas que se detenían frente a mi cuadro. Pero no volvió a aparecer.

Durante los meses que siguieron, solo pensé en ella, en la posibilidad de volver a verla. Y, en cierto modo, solo pinte para ella. Fue como si la pequeña escena de la ventana empezará a crecer y a invadir toda la tela y toda mi obra.

Una tarde, por fin, la vi por la calle. Caminaba por la otra vereda, en forma resuelta, como quien tiene que llegar a un lugar definido y a una hora definida.

La reconocí inmediatamente; podría haberla reconocido en medio de una multitud. Sentí una indescriptible emocion. Pensé tanto en ella, durante esos meses, imaginé tantas cosas, que al verla, no supe que hacer.

La verdad es que muchas veces había pensado y planeado minuciosamente mi actitud en caso de encontrarla. Creo haber dicho que soy muy tímido; por eso había pensado y repensando un probable encuentro y la forma de aprovecharlo .

La dificultad mayor con que siempre tropezaba en esos encuentros imaginarios era la forma de entrar en conversación. Conozco muchos hombres que no tienen problemas de entablar una conversación con una mujer desconocida.

Confieso que en un tiempo les tuve mucha envidia, pues, aunque nunca fui mujeriego, o precisamente por no haberlo sido, en dos o tres oportunidades lamente no poder comunicarme con una mujer, en esos pocos casos que parece imposible resignarse a la idea de que siempre será ajena a nuestra vida.

Desgraciadamente, estuve condenado a permanecer ajeno a la vida de cualquier mujer. En esos encuentros imaginarios había analizado diferentes posibilidades. Conozco mi naturaleza y se que situaciones imprevistas y repentinas me hacen perder todo sentido, a fuerza de atolondramiento y de timidez.

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⏰ Última actualización: Feb 25, 2023 ⏰

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