Prologo.

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Me aferré a la pequeña mano de mi hermano. Probablemente él esté pensando que se aferra a la mía. Solo tiene seis años, pero está siendo mi ancla en estos momentos. Tomo una respiración profunda. Es imposible que deje de llorar. Con un arrebato, me quito con brusquedad las lágrimas que caen de mis ojos. Después, volteo a ver a Theo. Tiene el rostro rojo por las lágrimas. Es muy listo para solo tener seis años, porque sabe que hemos perdido todo. Sus intensos y grandes ojos cafés están rojos e irritados por el humo y las lágrimas cuando me miran. Intento poner una sonrisa que no dura más de un segundo, porque se desvanece tan pronto como se forma. Siento su ligero apretón, que su pequeña mano me da a modo de consuelo. Eso me hace llorar con más ganas e impotencia. Tan solo es un niño.

Sin pensarlo dos veces, lo cargo en brazos. Él hunde su rostro en mi cuello mientras sus pequeños brazos se aferran más a mi cuello con fuerza. Will, quien estaba a mi izquierda, comparte una mirada conmigo. No oculta sus lágrimas. De los tres, es quien está intentando mantenerse fuerte como de costumbre al ser el mayor, pero es inevitable no llorar ante tal escena. Se acerca más a mí, tomando a Theo en brazos, quien no tarda en ocultarse en su cuello. Con una mano sostiene al pequeño y con la otra me atrae por los hombros. Me toma unos segundos aferrarme a él con fuerza en un abrazo que le permite ocultar su rostro en mi hombro y romperse a llorar con ganas. Es inevitable para nosotros no llorar. Nuestro hogar se estaba consumiendo por completo por el fuego. Todo lo que conocíamos se estaba reduciendo a cenizas.

—Estaremos bien —la voz de su hermano mayor la consoló, a pesar de ser un hilo, como siempre se muestra positivo, ante todo.

La impotencia que siento es grande. Siento odio, desprecio y coraje. Su perfecta familia se había destruido. Las lágrimas a torrentes brotaron de nuevo. Lloré por lo que podría haber sido su destino. Lloré por lo que había sido su destino en los cinco años pasados. Lloré por el recuerdo de sus padres y de su amor. Lloré porque su vida se había convertido en un infierno en vida. Y lloré porque llevaba tanto tiempo soñando con la libertad que no la había reconocido.

A medida que el fuego se expandía en la mansión, retrocedemos buscando refugio en el quiosco del jardín de nuestra madre, donde esta noche dormiremos. Antes del amanecer, partiremos a un nuevo destino.

—Casandra, tengo miedo a la oscuridad —murmura la vocecita de mi hermano. No se ha alejado de nosotros ni un poco.

Me ha hecho que le dé la comida en la boca al negarse a comer. Will apenas ha tocado la comida y yo no he podido probar bocado alguno. No insisto en que coma porque sé que le costará hacerlo. Ha estado serio y solo ha hablado lo necesario. Ha intentado consolar a Theo, quien se acurruca con él cada vez que tengo que alejarme. No podemos culpar al pequeño. Solo tiene cinco años y está pasando por una de las peores situaciones de nuestra vida. Incluso sus diminutos berrinches tienen sentido.

Le doy un pequeño golpecito en el hombro a Will para llamar su atención. Sus ojos me miran con todas esas lágrimas que está conteniendo y se me hace un nudo en la garganta al verle tan afectado.

—Yo siempre te voy a proteger. —agrega Will. Después de un tiempo, veo que se le forma una diminuta sonrisa en la boca para animar a Theo; es la misma sonrisa de mamá.

—Deberíamos intentar dormir. —le digo, y él solo asiente. 

Como si eso sirviera para tranquilizarlo, se quedan dormidos.  Yo, por otro lado, no duermo. Paso toda la noche haciéndome mil preguntas en silencio y exigiendo respuestas que jamás tendré. Theo, en algún punto de la noche, se queja. Ha querido llorar, como acostumbra a hacerlo.  Es todavía un bebé y llora por las noches, hace berrinche la mayor parte del tiempo. Aún se enreda con las palabras y cree saber leer, pero apenas sabe leer su nombre cuando lo ve escrito en algún lugar, y hace muchas preguntas, sobre todo.

—¿Will?

—¿Sí, Cass?

— Vamos a estar bien, ¿verdad?

Se toma su tiempo para responder y sus ojos se llenan de lágrimas.

—Eso creo. No puedo asegurarte nada. En estos días he aprendido que nada es seguro en esta vida.

Esa noche era el fin de su historia y el comienzo de otra. Dejaba de ser Casandra Verlac, hija de la difunta duquesa Isabella y del duque Henry. 

De pequeña, jamás había tenido motivos para pensar que su vida sería un infierno. Sus primeros años habían sido la envidia de cualquier niño. Sus padres la adoraban, al igual que a su hermano mayor, Will. Pero todo cambió cuando su madre esperaba a su tercer hijo. El embarazo había mostrado algunas complicaciones que la había llevado a guardar cama por meses. A medida que el embarazo avanzaba, la duquesa había ido perdiendo peso hasta quedarse en los huesos.

Esa noche de gritos dolorosos, mientras su madre traía al mundo a un hermoso varón que fue acogido por los brazos del duque, su vida cambió por completo. Su madre, la duquesa, que desde el parto no había dejado de sangrar, quedó inconsciente y al final falleció.

Sabía que el duque lo sintió mucho por su mujer con todo su ser, a tal grado que no se recuperó. Fue el evento que le arrebató a su padre, porque a pesar de que todos lo llamaban duque, Henry era su padre. O bueno, lo consideró así por varios años, hasta que el mismo hombre se encargó de destruir cada gota de amor que ella sentía hacia él. Casandra sintió el odio nacer en su interior a medida que su perfecto hogar se convertía en el mismísimo infierno.

Sus hermanos y ella se prometieron que, si no podían ser los hijos que su padre quería, juraban por Dios que serían todo lo contrario.


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MIEL | A. Bridgerton.Donde viven las historias. Descúbrelo ahora