Acto Primero

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Cuando levantó el teléfono, por desgracia, ya se imaginaba lo que podría encontrar al otro lado de la línea.

—¿Orson?

Silencio. Nada más salvo silencio.

Hasta que un resoplido de angustioso esfuerzo fue captado por la discreta distancia que le ofrecía el auricular.

—Ahora tiene la cabeza en otros menesteres.

Esta vez fue ella que guardó silencio. Solo un par de segundos. No necesitaba nada más. Tomó aire por la nariz discretamente antes de responder.

—Entiendo —pronunció con rotundidad—. Imagino que desea la intervención de la Alta Mesa.

Otra pequeña pausa. Saliva atorada en la garganta del interlocutor antes de volver a hablar.

—...Para ayer.

Breve silencio de nuevo. Tensión. Cerró momentáneamente los ojos, alzando las cejas con cierta resignación. Nunca llevó bien las ironías a destiempo por parte de Cormac.

—¿Tiene la prensa? —lanzó la pregunta finalmente. Tenía que hacerlo.

—Si la tuviera, no necesitaría su ayuda.

Un último abismo desprovisto de palabras. Un hondo pozo de angustia en el centro de su estómago trepando garganta arriba y a la vez haciéndola sentir tan vacía como de costumbre. Había empezado. Levantó la vista de la oscura madera de su mesa, fijándola en un punto cualquiera de la sala. Frunció levemente el ceño.

—Siempre me cayó bien Orson —pronunció a medio camino entre un reproche y un siseo. Su lengua convertida en una sierpe dotada con el veneno del desprecio.

Colgó. Simplemente colgó.

Nuevamente en silencio.

Nuevamente vacía.

Sus dedos recorrieron el exterior del auricular para terminar perfilando el contorno con una de sus uñas, distraídamente.

Se acabó.

Giró sobre sí misma haciendo uso del sillón para contemplar la extensión lumínica de la ciudad a través del ventanal de su despacho, sin una sola palabra. Aquella imagen nocturna reinando en su aparente calmado bullicio bajo sus pies se le antojó como un falso teatro del dolor, uno por el que velaba noche tras noche, uno que debería estarle agradecido, uno que ni siquiera conocía su existencia más allá de la organización a la que le debía lealtad.

Respiró hondo, tomando una bocanada de aire —todo lo que su máscara le permitía, desde luego— y cerró los ojos una vez más, harta de la imagen de magnificencia que aquel pozo de falocentrismo llamado ciudad le devolvía incluso a través de los cristales. Repugnante.

Estaba tensa, rígida. Dejó caer su cabeza hacia atrás hasta apoyarse contra el respaldo y pensó en Cormac; el sucio, ruin y cabronazo hijo de puta de Cormac. Abrió los ojos de nuevo, entre aliviada y triunfal. Se aferró con los dedos a los reposabrazos y apretó, apretó hasta clavar las uñas en el cuero. La saliva se le tornaba ácida cada vez que recordaba cuánto tiempo llevaba soñando con ese preciso momento, y por fin, por fin ocurriría. Estaba ya tan cerca, asombrosamente cerca de su final. Podría descansar.

—Señora.

Se giró en redondo, dándole la espalda a la urbe sin miramientos. La cabeza de su lacayo asomaba por la rendija de la puerta.

—Señora, su...

—¿Qué te tengo dicho? —cortó su discurso, sentenciosa.

El hombre guardó silencio. Incluso con una distancia notable mediante entre ellos, la Magistrada pudo notar perfectamente cómo la puerta se agitaba levemente desde el otro extremo de la habitación. El puño de su lacayo temblaba sobre el pomo, estaba segura. Y eso le gustaba.

Interregno [Supercorp AU / The Continental] #PGP2024Donde viven las historias. Descúbrelo ahora