El olor de San Telmo

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Dicen que la primera impresión de un lugar puede acompañarte toda la vida.

La mía del Internado San Telmo fue el olor.

Imagino que ahora esperáis que diga algo como el aroma de los libros de la biblioteca o la sal del Cantábrico colándose por las ventanas abiertas. Sería una respuesta preciosa. También sería mentira. Apenas he abierto un par de libros centenarios de la biblioteca como para recordar su olor y, después de diez años viviendo frente al mar, he dejado de notar la sal. Uno termina acostumbrándose a las cosas que tiene delante todos los días.

No.

El olor del que hablo era otro.

Era un olor que ni siquiera existe.

Olía a normas.

A silencio.

A zapatos recién abrillantados.

A corbatas perfectamente anudadas.

A profesores que parecían buscar algo con la mirada incluso cuando no sabían muy bien qué.

Mis padres: Leonor y Jaime, también habían estudiado allí. Durante años me hablaron de San Telmo como si fuera el escenario de las mejores historias de su vida. Me contaban las amistades que habían sobrevivido al paso del tiempo, las trastadas que todavía recordaban entre risas, las excursiones, los castigos... Consiguieron que imaginara aquel internado como el lugar donde empezaban todas las aventuras importantes.

Recuerdo: la emoción con la que me probé el uniforme por primera vez o la cantidad de veces que pregunté cuánto faltaba para llegar durante el viaje en coche. Estaba convencida de que, en cuanto cruzara aquellas puertas, empezaría la mejor etapa de mi vida.

La realidad fue bastante menos épica.

Lloré.

Supliqué.

Grité.

Me abracé a mis padres con todas mis fuerzas y, durante unos minutos, llegué a odiarlos. Nunca se lo dije, pero estoy segura de que lo supieron. Juré que me vengaría por dejarme allí. Juré que nunca los perdonaría. Juré tantas cosas que, por suerte para ellos, acabaron teniendo la misma validez que cualquier promesa hecha por una niña de seis años.

Las paredes del edificio de Primaria estaban cubiertas de murales de colores, animales sonrientes y dibujos empeñados en convencerte de que aquel era el lugar más feliz del mundo. Pero ni todos los lápices de colores conseguían esconder la sensación que transmitía San Telmo. Era como echar ambientador en una iglesia de piedra: durante unos minutos cambiaba el olor, pero nunca el ambiente.

Todo aquello ocurrió hace ya diez años. Y, aunque todavía me cuesta admitirlo, ahora puedo decir que soy feliz aquí. San Telmo dejó de ser el lugar donde mis padres me abandonaron para convertirse en el único sitio al que siempre quería volver.

Nunca fui popular. Tampoco la más guapa. Si alguien sabía quién era Martina Navarro, normalmente era porque necesitaba mis apuntes o porque algún profesor acababa de ponerme como ejemplo delante de toda la clase. Mi expediente académico era bastante más interesante que mi vida sentimental.

A los dieciséis años solo me había besado una vez.

Y pagué por ello.

La culpa tenía nombre y apellidos: Macarena Álvarez.

Llegó en sexto de Primaria y revolucionó el colegio antes incluso de aprenderse el nombre de los profesores. Unas semanas después descubrió que podía sacar dinero de nuestra falta de autoestima. Así nació el negocio más rentable que ha existido nunca en San Telmo:

SAN TELMOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora