El pacto.

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Eva no se detuvo.

Clara Esteban tenía buenas intenciones. Eso casi siempre significaba empezar perdiendo. Sus clases de Arte apenas cubrían una quinta parte del programa, pero nos ofrecían algo que ninguna otra asignatura conseguía: cincuenta minutos para respirar, hablar y resolver los conflictos que surgían durante el horario lectivo y que el reglamento nos obligaba a posponer.

Ella creía que un alumno escuchado estaba más dispuesto a aprender. Nosotros habíamos descubierto que, mientras hablábamos de nuestros problemas, no teníamos que dibujar.

Clara lo sabía. No era ingenua. Simplemente prefería sacrificar una parte de la clase antes que convertirla en otro lugar donde todos obedeciéramos por miedo.

Aquella mañana, sin embargo, su paciencia empezaba a parecerse demasiado a una derrota.

Macarena se había marchado dos minutos antes hacia la galería que bordeaba los jardines principales. Clara la llamó una vez, pero ella se limitó a levantar una mano sin volverse, un gesto que podía significar «te he oído», «ahora vuelvo» o «vete a la mierda», dependiendo de cuánto quisiera engañarse quien lo recibía.

La profesora eligió la interpretación más generosa y continuó con la explicación.

Macarena no regresó.

Cuando Eva cerró su carpeta y comenzó a alejarse por el mismo sendero, Clara comprendió que ya no podía fingir una segunda ausencia.

—¡Eva! ¡Vuelve ahora mismo!

Eva siguió caminando. No aceleró ni volvió la cabeza, pero tampoco sonrió. No pretendía humillarla; sencillamente había calculado que Clara no sería capaz de detenerla.

Eva nunca desafiaba a nadie por diversión. Solo ignoraba las órdenes cuando creía que podía permitírselo.

Clara nos recorrió con la mirada, esperando que alguno interviniera. Nadie se movió. Nos conocía desde hacía años y, aun así, conservaba la esperanza de que, llegado el momento, actuáramos mejor de lo que acostumbrábamos.

Era una de las cosas que más nos gustaban de ella.

También una de las que más aprovechábamos.

Luis se reclinó sobre el banco.

—Clara, date prisa, que parece que se te escapa.

Las risas se extendieron por los jardines principales. La profesora apretó el cuaderno contra el pecho, aunque se obligó a mantener la cabeza levantada.

—Luis, no estás ayudando.

—No era mi intención.

Volvimos a reír.

Aquello sí le dolió. Se notó en la presión de sus dedos contra el borde del cuaderno y en la forma en que tuvo que tragar saliva antes de llamar a Eva una vez más.

No estaba a punto de llorar porque una alumna la hubiera desobedecido. Llevaba meses defendiéndonos ante profesores que consideraban la disciplina más importante que la pedagogía y nosotros acabábamos de demostrarles que quizá tenían razón.

Entonces escuchamos el hierro arrastrándose sobre la piedra.

Las risas desaparecieron antes de que la puerta del torreón oriental terminara de abrirse.

El edificio llevaba clausurado desde antes de nuestra llegada a San Telmo y la explicación oficial era sencilla: muebles deteriorados, humedad y una instalación eléctrica demasiado antigua para permitir el acceso.

Era una explicación razonable.

No era cierta.

Algunas mañanas, la cadena aparecía colocada de otra manera. Durante las noches de invierno podía distinguirse luz tras una de las ventanas superiores y, de vez en cuando, algún miembro del personal entraba utilizando una llave que oficialmente no existía.

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⏰ Última actualización: 3 days ago ⏰

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