La última mañana tranquila.

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"Lo peor de San Telmo no es entrar. Lo peor es que, cuando te das cuenta de que se ha convertido en tu casa, ya sabes que algún día tendrás que irte." 

- Mi madre-

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Si alguien me hubiera preguntado de pequeña dónde quería estudiar, probablemente habría respondido "San Telmo" antes incluso de saber dónde estaba. Había crecido escuchando hablar de aquel sitio como otros niños escuchan hablar de Disneyland. Mis padres nunca recordaban los exámenes ni las notas. Recordaban personas, pasillos, habitaciones y bromas que solo tenían gracia para ellos..

San Telmo era el único lugar del que hablaban como si siguieran viviendo allí y cada vez que lo pisaban especialmente mi padre ,se convertían en las personas más felices de la Tierra, no solo ellos , todos los antiguos alumnos que asistían y que parecían reservar todas las fechas señaladas de la institución para poder asistir.

Aquella mañana, cruzábamos el patio hacia la zona de columnas y torreones principales que nos tocaba como punto de encuentro para la clase de arte, pues siempre que el tiempo lo permita se impartía al aire libre.

La profesora sostenía que un edificio no podía entenderse a través de una fotografía y que la única forma de aprender a dibujarlo era sentarse frente a él el tiempo suficiente para dejar de mirar las piedras y empezar a fijarse en todo lo demás.

Alcé la mirada. El ladrillo rojizo había perdido aquella solemnidad que tanto imponía desde la entrada y ahora transmitía una calidez difícil de explicar. Las enredaderas cubrían parte de la fachada como si llevaran allí un siglo.

Doña Clara Esteban hablaba y hablaba y seguía hablando de las piedras, los arcos y era capaz de sostener un monologo sobre la alineación de los edificios. Es joven , unos diez años mas que nosotros, un aspecto visiblemente más relajado que el resto de profesores que llevaban trabajando durante generaciones, pero era igual de pesada.

Nos repartimos por el césped, cada quien con su grupo de amigos , buscando puntos ciego que nos permitiese ignorar la conferencia sobre la arquitectura.

Mati era de las pocas personas verdaderamente interesadas en historia del arte y ademas se añadía que dibujaba con una facilidad desesperante y que necesitaba el mismo silencio que la profesora nos exigía al dibujar.

A lo lejos, los alumnos de primero disputaban un improvisado partido de fútbol americano durante Educación Física. Los gritos llegaban hasta el patio principal y, de vez en cuando, alguna amenaza de su profesor.  A pocos metros, don Bonifacio cargaba herramientas acompañado de tres niños pequeños, muy probablemente castigados con alguna tarea manual. Y a nuestro lado: Amaya Torres: la jefa de cocina. Se detuvo a saludarnos y darnos caramelos de anís que siempre llevaba encima.

 —Parece que fue ayer cuando era a vuestros padres a quienes les daba caramelos. Si Dios quiere tenerme todavía unos años por aquí, dentro de nada se los daré a vuestros hijos. Así que portaos bien, que luego no querréis que les cuente las trastadas que hacíais vosotros.

Habíamos intentado sonsacarle en incontables ocasiones cómo habían sido nuestros padres cuando estudiaban en San Telmo, pero Amaya guardaba aquellos recuerdos con un hermetismo casi sagrado.

Personalmente, nunca tuve demasiada curiosidad. Mi madre era exactamente como cualquiera la imaginaría: responsable hasta el extremo y respetuosa con las normas, incluso cuando jugábamos a un simple juego de mesa. Mi padre, en cambio, nunca destacó por sus notas, sino por su facilidad para hacer amigos, una virtud que seguía conservando. Siempre que podía llenaba la casa de invitados. De todos modos, ¿qué podía hacerse realmente en un internado como aquel, más allá de alguna escapada nocturna?

SAN TELMOHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora