Prefacio.

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Isabel se sentía desesperada. Caminaba con nerviosismo por toda su habitación. No paraba de ver el suelo, casi esperando una respuesta por parte de este, aunque era estúpido que le diera una alternativa para calmarse.
Sus ojos estaban llenos de preocupación como nunca antes. Su corazón latía con mucha fuerza y sentía que la sangre le hervía.

Volteó a la ventana por octava vez. No había movimiento de ningún automóvil por el momento. No pasaba gente. Entonces eso era algo que la estaba tranquilizando un poco más.
Tomó todo el aire que se pudo, lo dejo por tres segundos y soltó con calma. Pero es que ni así los nervios desaparecían.
Vio su celular. Tenía tres mensajes de Kenia por Facebook, pero ni el visto le aplicaba a desesperada amiga.

Ayer por la tarde, Kenia había notado la seriedad y misteriosa mirada de su amiga. No se atrevió a preguntarle el porqué, a pesar de ser mejores amigas y estar enteradas de lo que ocurría con la otra. Lo dejó pasar.

Eran las seis de la tarde con veintidós minutos.
Miró al techo. Al blanco techo que ni paz le transmitía. Y eso porque habían días en los que ver al techo blanco de su habitación le transmitía paz, tranquilidad y le hacía desaparecer un poquito su estrés.

Se tiró en la cama boca arriba. Pensado en qué podría hacer para acabar con su preocupación y el miedo que la perseguía.

Isabel se levantó al fin, ya tenía una decisión. Debido a todo lo que estaba pasando justo en dos días, haría algo estúpido.

Caminó a su no tan grande escritorio, agarró una hoja blanca y una pluma negra.

"Espero que quien lea esta carta seas , Kenia. Odiaré el hecho de que sea mi madre o alguien más.

Y se quedó ahí. No tenía más qué escribir. No tenía idea de por dónde empezar, cómo redactar lo que diría sin que fuera tan largo.
Tomó aire y entonces siguió escribiendo.

Hice lo mejor. Terminé con mi vida por desesperación y miedo, miedo a todo, miedo a ser juzgada, miedo a quedar sola. Porque yo le tenía miedo a la soledad. Lo sabías muy bien, Kenia.
Yo estaré muerta cuando leas esto, es obvio. Pero te preguntarás porqué razón lo hice.

Yo la maté.
Yo fui.
Fue un momento de enfado, no quería hacerlo realmente.
Así que yo misma me traeré mi propio karma, antes de que este llegue solo y pague lo que hice de la peor manera.
Siempre te quise mucho, siempre fuiste una personal especial para mí. Recuérdalo siempre.

Isabel."

Dobló la hoja. Se puso de pie y bajó a la planta baja. Dirigiéndose al sótano que estaba cerca de las escaleras.
Entró a este. Olía a humedad y polvo, mucho polvo.
Encendió la luz.
Los muebles que estaban ahí tenían mucho polvo y hasta telarañas.
Hacía mucho que no entraba, en especial su madre, que le gustaba tener las cosas limpias. Pero eran cosas que simplemente no servían o no utilizaban.

En una caja donde habían variadas cosas, buscó una cuerda gruesa.
Agarró una y salió del sótano.
Traía en manos la carta, un banco alto y la cuerda, fue a la parte trasera de su casa.
Habían dos árboles, se decidió por el más bajo. Aunque no tanto.
Trepó a este con todo y cuerda para amarrarla hasta que quedará resistente y no fallara en el intento.
Echó un brinco y cayó de pie al cuidado y verde pasto.
En una de las altas bardas del jardín, en las orillas, habían rosales que ella misma había plantado hacía unas semanas.
Corrió hasta allá y en el primer rosal, escarbó para meter la carta ahí, y nuevamente echó la tierra encima.

Subió con rapidez a su habitación. Le daría alguna pista a Kenia para que después de su muerte, encontrara la carta.
Agarró su celular, y con lágrimas en los ojos, lo encendió. Tenía tres mensajes más de Kenia. Pero no los abriría.
Entró a WhatsApp, buscó en contactos a Kenia, y cuando la localizó, comenzó a escribir.

"¿Recuerdas quién fue tu madrina de ramo? Yo. Tus quince años fueron los mejores."

Envió el mensaje, dejó el celular en la cama y corriendo, bajó las escaleras.
Llegó a la parte trasera, colocó el banco bajo la cuerda, subió a este. Y comenzó a soltar un mar de lágrimas.
Metió la cabeza al círculo que formó hace minutos. Tragó saliva, tomó aire, lo dejó unos segundos, y expulsó con tranquilidad. Vio firme al frente.

"Te amo, mamá, te amo."

Y esas fueron sus últimas palabras antes de empujar con la punta del pie el banco y quedar colgada.

A pesar de haber logrado su objetivo, sentía la necesidad de respirar a la de ya, pero para pronto, dejó de hacerlo.

~•~

Kenia leyó por sexta vez el mensaje que Isabel le mandó. No entendía lo que trataba de decirle.
En Facebook no le contestó ningún mensaje y eso la preocupaba bastante.
Sin más, le dijo a su madre que volvería en un rato. Iría a casa de Isabel y ver qué estaba pasando. Por qué esa seriedad y que la atormentaba tanto.

De su casa a la de Isabel eran veinte minutos aproximadamente, y así como estaba el clima, decidió apresurar el paso para llegar más pronto.
Estaba tan intrigada por lo qué estaba pasando con Isabel. Le urgía saber todo.

Cuando llegó a su casa, tocó el timbre de esta y esperó a que alguien abriera.
Las luces estaban apagadas, pero las ventanas abiertas, y con las ventanas así bastaba para saber si estaba alguien en casa o no.
Tres minutos después, nadie abrió. Así que toco una vez más.
Esperó otros tres minutos y no abrió nadie. No muy decidida, giró la perilla de la puerta, y con sumo cuidado y sigilo, entró.

-¿Isabel? -preguntó en un tono no muy alto.
Caminó a la cocina y no había nadie. En la sala menos. Entonces subió las escaleras, localizó la habitación de Isabel, rápido accedió pero no había nadie.
Luego revisó habitación por habitación y estaban solas.
Bajó las escaleras pensativa. ¿Dónde estaría pues?

Al bajar estas, se percató de que la puerta trasera estaba abierta. No dudó en caminar y ver si estaba ahí.
Pero al salir, se llevó la peor experiencia de su vida.
Abrió los ojos aún más, quedó boquiabierta ante lo que estaba viendo.
Su corazón latía con más potencia, como si quisiera salirse de su pecho. No podía creer lo que estaba viendo.
Las lágrimas no tardaron en salir, se arrodilló, y vio el cuerpo colgado de su amiga.

—¡Isa! ¡No jodas! ¡¿Por qué lo hiciste?! —gritó.
Lloró todo lo que pudo, no soportaba el hecho de qué Isabel se haya quitado la vida.

Como pudo, entró a la casa, agarró el teléfono y marcó a la policía, porque no, no pensaba llamarle a su madre y decirle "Señora, su hija se ahorcó". Sería tener la sangre fría para hacerlo.
Esperó a que contestaran del otro lado.

—Emergencias, buenas noches, ¿qué podemos hacer por usted? —se escuchó la femenina y suave voz del otro lado.
—Hay una chica que se ahorcó. Por favor mande una patrulla rápido —dijo con voz temblorosa y sin parar de llorar.

El suicidio de IsabelDonde viven las historias. Descúbrelo ahora