CAÍN

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Inesperadamente, la solución a mis problemas llegó a mi vida, y con ella, también algo nuevo para mí que, aún hoy en día, me sigue sin cesar.

Un niño nuevo había llegado al colegio; hijo de una viuda con mucho dinero, había llegado a la ciudad junto con su madre. Ambos aún Ilevaban el luto, pues la señora vestía de negro y su hijo llevaba un listón en la manga derecha. Este muchacho tenía pocos años más que yo y estaba en un grado superior, pero al igual que a la mayoría de los niños que asistíamos a ese colegio, él llamó poderosamente mi atención.

Su apariencia era la de un joven y no la de un niño. Este sorprendente alumno caminaba entre nosotros como un hombre maduro, como todo un caballero. Jamás lo vi participar en juegos o en peleas. Su firmeza y valentía frente a los profesores nos agradaba a los demás. Su nombre era Max Demian.

Un buen día, y sin saber exactamente por qué, instalaron una nueva clase en nuestro salón. Nosotros, los más pequeños del colegio, cursabamos Historia Sagrada, mientras los mayores estudiaban redacción. Así pues, mientras nos hablaban sobre la historia de Caín, mi atención se centraba en el rostro de Demian; observaba su inteligencia y seguridad para realizar cualquier actividad. Sus movimientos y acciones parecían las de un investigador inmerso en su trabajo y no las de un muchacho en el colegio. No me simpatizaba, en el fondo, sentía algo en contra de él. Me parecía muy seguro de sí mismo, decidido y superior a cualquiera. Sus ojos eran los de un adulto y no los de un muchacho (esto no gustaba a los chicos) que expresaban ironía y melancolía. Inconscientemente, la atracción que ejercía sobre mí, y sobre muchos de nosotros, era muy poderosa. Y cuando su mirada fría y calculadora se colocaba sobre mi persona, inmediatamente volteaba hacia otro lado temerosamente. El aspecto que Demian tenía por aquellos años, era completamente diferente al de cualquier muchacho de su edad, pues desde esos años, él ya tenía una recia personalidad perfectamente definida. Y quizá esto era lo que llamaba poderosamente mi atención, aunque él trataba de pasar inadvertido frente a los demás. Su comportamiento era similar al de un principe que, disfrazado como la gente de campo, trata de pasar entre ellos sin que logren notarlo. Un día, al terminar las clases, Demian me siguió, y cuando por fin me alcanzó, me saludó al percatarse de que todos los demás se habían ido. Su saludo fue demasiado formal, aunque la mayoría de los compañeros así saludaban.

—¿Podemos caminar juntos? —me dijo amablemente.

Me sentí halagado e inmediatamente le dije que sí. Para tratar de hacer plática, le expliqué en dónde vivía yo.

—¡Ah! ¿Alli? —dijo con una sonrisa—. Sé cuál es tu casa. En la puerta principal hay algo que llamó mucho mi atención desde que llegué al pueblo.

El hecho de que conociera mejor que yo mi casa me tomó por sorpresa, aunque en verdad, no sabía a qué se refería. Quizá estaba hablando acerca del escudo que está colocado sobre el portón. Este escudo había sido pintado ya en varias ocasiones, pues las lluvias y los vientos lo maltrataban enormemente; no obstante, creo que ese escudo nada tiene que ver con nuestra familia.

—No sé de qué me hablas —le dije tímidamente—. Creo que es un ave o algo así. Debe de tener muchos años, pues mi hogar era un convento.

—Quizá —contestó Demian—. Obsérvalo detenidamente, esas cosas suelen ser muy interesantes. Yo diría que se trata de un gavilán.

Seguimos caminando y él platicaba mientras yo me encontraba hundido en mis pensamientos. De pronto, Demian sonrió como si hubiera tenido una excelente ocurrencia.

—Hoy estuve presente en tu clase —dijo alegremente—. Hablaron sobre Caín, ese personaje que lleva en la frente una marca. ¿Te agradó?

Claro que no me había gustado. No me gustaba nada sobre lo que tuviera que estudiar, pero no me atrevía a decírselo a Demian. El platicar con él era como hacerlo con una persona adulta. Pensando en ello le dije que sí me había gustado.

DEMIAN // HERMANN HESSEHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora