Logré que me dejaran quedarme durante el verano en la Universidad. Pasábamos todos los días fuera de la casa, en el jardín junto al río. Ya se había ido el japonés, no sin antes ser vencido por mi amigo Max. Otro de los personajes que había ya partido era el discípulo de Tolstoi. Max salía a montar todos los días, y esto me daba la oportunidad de pasar momentos a solas con Eva.
Muchas veces me sorprendí de la paz y tranquilidad que reinaban en mi vida. Mi costumbre de encontrarme solo, de renunciar a todo y de hundirme en mis penas, hacían que la Universidad y esa bella ciudad me parecieran un verdadero paraíso en el cual podía vivir tranquilamente, hechizado por todos esos mágicos momentos. Estaba seguro de que se trataba del inicio de la nueva comunidad superior de la que tanto hablábamos. No obstante, la tristeza se fue apoderando de mí lentamente, pues comprendí que la felicidad y todo lo bello que sentía no podía ser para siempre. No me estaba permitido vivir en el placer y en la abundancia; mi destino era la tristeza y la zozobra. Pensaba que algún día llegaría el momento en que tendría que despertar de todas esas bellas cosas e imágenes de amor para enfrentar mi soledad y el mundo frío en el que vivía, y al cual pertenecía desde siempre.
Durante esos momentos, respiraba gustoso la ternura de estar al lado de Eva. Era feliz de que mi destino aún se mostrara benévolo conmigo. Los días de verano transcurrieron rápidamente. El semestre en la Universidad estaba próximo a finalizar, así que la despedida de Eva era inminente. No debía de pensar en ello, me dedicaba a disfrutar todos y cada uno de los momentos a su lado sin preocuparme por lo que el futuro me depararía. Esos habían sido mis años felices; los años en que me había realizado completamente. ¿Qué era lo que seguía? Quizá tendría que empezar nuevamente a luchar en contra de adversidades, volver a sufrir nostalgias, volver a encontrarme solo.
Un día, este terrible pensamiento se adueñó con tal fuerza de mí, que sentí que las llamas de mi amor por Eva me consumían. Se acercaba el día en que ya no podría verla ni escuchar sus pasos firmes por su casa; sus flores ya no estarían más en mi mesa. Y ¿Qué había logrado yo? Lo único que logré fue soñar y mecerme en su tranquilidad, pero no la gané; en lugar de llevarla hacia mí y luchar por su amor, sólo había soñado. Vino a mi mente cada palabra que me había dicho sobre el verdadero amor; esas palabras que parecían un sutil consejo, una latente atracción, una bella promesa. Y ¿Qué había yo hecho al respecto? Absolutamente nada.
Me paré en el centro de mi habitación y concentré todo mi poder en un solo pensamiento: Frau Eva. Deseaba encontrar la fuerza en mi alma para poder demostrarle mi amor, para que llegara a mí. Eva tenía que llegar a mí y pedirme un abrazo; mi boca tenía que saciar su sed con el amor de sus labios maduros.
Así permanecí varios minutos hasta que un frío invadió todo mi cuerpo. Sabía que de mí emanaba una poderosa fuerza. Por unos segundos algo se contrajo con mucha intensidad en mi interior, algo muy claro y sumamente frio. Sentí cómo mi corazón se convertía súbitamente en un cristal helado que congeló mi pecho. Eso era lo que yo manifestaba.
Cuando desperté de ese terrible trance, sentí que algo venía hacia mí. Estaba muy cansado, pero deseoso de ver entrar a Eva en mi habitación bella y radiante.
El cabalgar de un caballo a lo lejos llamó mi atención; el sonido de su trote se escuchaba cada vez más cercano. Fui corriendo hacia la ventana y vi que mi amigo Max bajaba de su corcel. Bajé las escaleras y fui a su encuentro.
—¿Sucede algo Demian? ¿Está bien tu madre?
Max no escuchó una sola palabra mía. Su rostro pálido y lleno de sudor me decía algo que no entendía. Amarró las riendas de su caballo, tomó mi brazo y comenzamos a caminar por las calles.
—¿Sabes qué ha sucedido?
Yo no tenía la menor idea.
Demian sujetó mi brazo con gran fuerza y me vio con una mirada muy extraña y compasiva.
ESTÁS LEYENDO
DEMIAN // HERMANN HESSE
De TodoLo único que quería hacer era intentar vivir lo que quería salir de mí por sí solo. ¿Por qué fue eso tan difícil?...
