Me sería imposible resumir en esta parte todo lo que mi amigo músico me enseñó acerca de Abraxas. Además, lo más importante, que le aprendí a Pistorius, fue el dar un paso hacia adelante en el camino hacia mí mismo. Por esos años tenía yo dieciocho años y era un joven un tanto vulgar, maduro en ciertas cuestiones y retraído en otras tantas. Cuando veía a otros muchachos de mi edad y me comparaba con ellos, muchas veces me sentía derrotado frente a ellos. No obstante, también en ocasiones salía airoso de la comparación. Jamás llegué a entender, o siquiera a compartir las alegrías y la vida de mis compañeros en el colegio, reprochándome el hecho. Sentía como si yo estuviera muy lejos de ellos y la vida misma me cerrara las puertas.
Pistorius, un ser sumamente misterioso, pero extravagante, me infundió esa cualidad tan rara para mí por esos años: el respeto y cariño hacia mí mismo. Este acto lo reforzó encontrando siempre algo impor tante en mis sueños, en mis pláticas, en mis ideas y en mi forma de ser. Siempre me tomó como a una persona adulta y no como a un muchacho.
—Usted me ha dicho —comentó una ocasión—, que su gusto por la música era porque ésta carecía de moralidad. Correcto. Pero lo que en verdad debe importarle, es que usted no es un moralista tampoco. Us ted no tiene que estarse comparando con cualquiera, y si fue la naturaleza la que lo ha creado murciélago, usted jamás debe de soñar con ser un tigre. Muchas veces se ve como alguien extraño y raro y se siente mal por haber tomado veredas diferentes a las de los demás. ¡Olvidese de eso! Observe detenidamente las llamas del fuego y sus nubes; y en el momento en que aparezcan los presagios y empiece a escuchar las voces de su alma, sígalas sin preguntar el por qué o sin preguntar ¿Qué pensaría tal persona de esto? Olvídese de los sentimientos e ideas de sus padres, de sus profesores y de todas las demás personas. Si no lo hace, usted se estará echando a perder verdaderamente, abandonará el camino y no será más que un fósil. Mi buen Sinclair, recuerde que nuestro dios es Abraxas; él es dios y demonio en uno, contiene los dos mundos. El jamás se opondrá a ninguno de sus sueños, fantasías o pensamientos. Nunca lo olvide. Él lo abandonará cuando llegue a ser normal e irreprochable. Lo dejará libre y buscará otra persona en la cual actuar.
Recuerdo que mi sueño de amor era el más frecuente y fiel de todos. ¡Se repitió más de mil veces! En él me veía entrando a mi vieja casa por el gran portón que tenía el escudo; yo deseaba dar un abrazo a mi madre y en lugar de ella, estaba una mujer grande, mitad hombre y mitad mujer. Esa figura me inspiraba, a la vez, mucho temor y demasiado amor. No tenía el valor de platicar este sueño a Pistorius. Este sueño lo guardaba perfectamente en un rincón muy oscuro de mi alma, pues aunque le había revelado todo lo demás, esto, simplemente me era imposible.
Cada vez que me sentía afligido por algo, pedía a mi amigo que interpretara en el órgano de la iglesia el "pascalle" de Bustehude. Sentado en el oscuro templo, viajaba al compás de esa extraña e íntima música; me perdía de todo lo que me rodeaba y me dejaba llevar por sus notas. Esas melodías me hacían sentir bien y empezaban a aflorar las voces de mi alma.
Varias ocasiones, nos quedábamos en la iglesia observando cómo la luz entraba y salía por los enormes vitrales.
—Es extraño —dijo Pistorius—, que yo fuera estudiante de teología y que hubiera estado a punto de convertirme en sacerdote. En realidad, el error más grande que tuve fue solamente en mi formación. Estoy seguro de que mi vocación es el sacerdocio, lamentablemente, creo que me declaré satisfecho demasiado rápido y me puse en las manos de Jehová antes de entrar en contacto con Abraxas. No obstante, cualquier religión es hermosa, pues todas son alma, desde el cristianismo hasta la Meca.
—Entonces —pregunté,— usted pudo haber sido un sacerdote.
—No amigo —contestó muy serio—. Si yo hubiera entrado en el sacerdocio, hubiera tenido que mentir, pues nuestra religión se practica de una manera muy extraña. Nuestra religión cree que es obra de la razón. Quizá si hubiera sido un sacerdote católico, hubiera podido seguir adelante, pero uno protestante ¡Jamás! Los pocos protestantes verdaderos —conozco unos pocos—, siempre se apegan a la letra, por ejemplo, a ellos jamás se les podría decir que Dios para mí no es un hombre, es un héroe, un mito, una enorme sombra en la que los hombres se ven proyectados contra la pared de lo eterno. Y por lo que respecta a los demás protestantes, a los que asisten al templo sólo para escuchar palabras coherentes, para sentirse bien con ellos mismos, para participar en algo o algo o cualquier otro pretexto, a ellos, ¿Que se les puede decir? ¿Convertirlos? ¿Usted piensa eso? A mi no me llama la atención. Un sacerdote no debe de convertir a nadie en ninguna religión; el debe vivir entre los que creen, entre sus semejantes y debe portar el sentimiento que envuelve a su dios.
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DEMIAN // HERMANN HESSE
DiversosLo único que quería hacer era intentar vivir lo que quería salir de mí por sí solo. ¿Por qué fue eso tan difícil?...
