Capítulo 1. Joder.

24 1 0
                                    

Mi uña golpeaba contra la madera mal barnizada de la barra. Mi uña estaba mal pintada, mal pintada por un esmalte de muy mala calidad, calidad que yo había perdido hace demasiado tiempo para ser verdad. Mi dedo índice no parecía querer quedarse quieto, siempre buscando golpearse contra algo o un ritmo el cual seguir. Era un tic que se había pegado a mi mano derecha desde que cumplí 18 años. Hace una semana atrás.

Tomé una bocanada de aire. El aire estaba contaminado por humo de cigarrillos y diferentes tipos de alcohol. Y mucho olor a cuerpo, cuerpos que seguramente no se habían movido del local en semanas. Dejé que el dióxido de carbono escapara de mis fosas nasales y tomé el vaso de Cuervo en mi mano izquierda. Lo llevé a mis labios, sin un maldito miligramo de sal, y lo bebí al seco. A mí me gustaba así, sin sal y sin limón, al igual que mi padre.

Mis padres. Ellos eran como mi calidad. Algo que había perdido hace demasiado tiempo para ser verdad. Dos años. Dos años del infierno, sin ellos, corriendo de ellos, solo para soñar cada noche con volver a abrazarlos y decirles cuánto los quiero.

"Dick" llamé. El pequeño panzón con una barba asquerosa y un corazón de oro levantó la mirada hacia mí. "Otro" pedí, señalando mi vaso vacío. Se acercó a mí, con la botella de tequila en su mano y no dejó de mirarme mientras me servía.

"¿Mal día?" preguntó, amablemente. El viejo sabía lo que sucedía. Siempre lo hacía, pero de todas maneras preguntaba. Seguramente esperando que tuviera la fortaleza para hablar de ello sin romperme. Pero no la tenía. Y si me rompía, me ganaría otra gran y ruidosa discusión con el jodido de Kyle.

"¡No necesitas contarle a nadie de nuestros putos problemas, Bree! ¡Son nuestros, y de nadie más!" eso era lo que había gritado a unos dos centímetros de mi cara hace un año atrás, cuando había conseguido mantener una amiga por más de un mes y le había contado sobre el poco dinero que nos quedaba a Kyle y a mí.

"¡Eso es todo lo que tenemos, Kyle! ¡Problemas!" había gritado yo en respuesta. Era nuestra primera pelea grande, aunque suena increíble ahora, éramos una pareja armoniosa. Solucionábamos los problemas hablándolos, tranquilos y empáticos. Acariciándonos y reconciliándonos de manera muy amorosa.

Es por eso, por ser nuestra primera pelea grande, que no supe que no debía gritarle a la cara como él lo hacía conmigo. Al parecer yo no tenía ese derecho. No debía gritarle a la cara si no quería que me estampara su palma en mi mejilla y me botara al suelo de la habitación. Demonios, esa vez dolió como el infierno. Y fue la única, la única vez que me puso la mano encima, pero eso no es excusa. Debí haber escapado la mierda fuera de allí esa misma noche, sin embargo, estaba demasiado enamorada. Demasiado atrapada en los encantos de Kyle Levi Donavan, el chico ex universitario que me había seducido y me había llevado lejos de casa con solo dieciséis años de edad.

Me estremecí al recordar el golpe que me dio y luego me estremecí de nuevo al recordar los gritos de anoche en el motel donde nos quedamos. A dos centímetros de mi cara. Y yo ahí, escuchando, con los oídos zumbando y las manos echas puños, mis uñas lastimando las palmas de mis manos. Hasta que no pude más. Y lo abofeteé. Me di la media vuelta y me fui. Y no lo he visto desde entonces.

Bueno, solo son las seis de la madrugada, y esto fue hace tres horas atrás, así que no es tanto. Seguramente se fue a otro bar a beber su orgullo perdido y luego vendrá al bar de Dick a rogarme perdón. Siempre ha sido así. Idiota y miserable, siempre rogando por el amor que no se merece, pero que necesita para seguir viviendo.

"Ha sido un mal año, Dick" murmuré en respuesta, a pesar de que ya estaba lejos, al otro lado de la barra, atendiendo a un hombre. Pero era una respuesta a mí misma. Puedo decir que el primer año de escape fue el mejor que he tenido. Me olvidé de todo lo que sucedía en mi ciudad natal y viajé por diferentes ciudades del país con Kyle. Estaba enamorada de la punta del cabello hasta la punta de mis pies. Él me adoraba tanto como yo a él. Y nunca discutíamos con fuerza. Siempre fuimos cordiales y considerados.

Last road I takeDonde viven las historias. Descúbrelo ahora