Caminaba hacia la Iglesia más cercana, lo cua quiere decir que estaba a unas diez cuadras más o menos. Me había decidido por un vestido azul marino que llegaba abajo de la rodilla con un escote en V. La canción que sonaba de mis auriculares era “Torn” de Natalie Imbruglia, también sonaba en aleatorio. Por alguna razón mis amigos me decían que parecía loca poniendo cada canción en “Me gusta” en vez de separarlas por playlists. Yo creo que así es mejor porque de setecientas canciones no sabes cuál será la que sonará a continuación.
Llegué a la hermosa capilla después de unos diez minutos en donde también sonó “Shallow” de Lady Gaga. El lugar era precioso y bastante sencillo, y para estar en plena New York no era muy recurrida por turistas, más bien por los vecinos.
Había gente afuera y dentro, algunos asientos ya estaban repletos, aunque nunca se llenaba. Las iglesias suelen estar cada vez más vacías, pero supongo que es por la hipocresía de muchas personas fanáticas que no entendieron el verdadero mensaje de Cristo.
Me senté en uno de los asientos que estaban adelante, cerca del ambón. El coro cantaba “Cristo Rey”, las mujeres llegaban a las notas más agudas que había escuchado. Las personas, que eran más que nada matrimonios de ancianos, se acomodaban esperando a que el cura entrara por las puertas para empezar la misa.
Pasaron unos cuantos minutos cuando entró el sacerdote acompañado con dos monaguillos. Todos nos levantamos y comenzamos a cantar en compás al coro. La vestimentas que traía eran rojas por la celebración de pentecostés y sus zapatos eran unos mocasines apenas perceptibles por el alba, el nombre de la túnica, y tenía el cabello peinado para atrás. Entró con las manos cruzadas a la altura de la cintura y cuando acabó con su caminata al ritmo de “Here I Am. Lord”.
Cuando estuvo detrás del altar me di cuenta que era igual de joven que yo. Sus ojos eran negros y profundos, me hicieron recordar a un agujero negro. Jamás lo había visto, cada vez que venía aquí solía estar el padre Michael, un hombre mayor, de unos cincuenta años. Pero este, no parecía sacerdote, más bien un niño disfrazado.
—En el nombre del Padre —empezó a decir y me persigné— del Hijo y del Espíritu Santo.
Extendió los brazos como si con ellos intentara abrazar a cada persona con ellos. Su mirada era seria, pero había algo más en ella, algo que parecía pecaminoso. No lo sentía un cura real, no podía verlo así, me costaba. Me resultaba… atractivo. Por más fuerte que suene, su mirada era diferente a la de cualquier otro sacerdote que haya conocido.
—Queridos hermanos —continuó— estamos aquí reunidos para celebrar la nueva alianza de Cristo.
Dejé de escucharlo en ese instante, solo miraba sus labios. En ese momento me sentí pecaminosa, no podía dejar de verlo. Su rostro era como un imán para mis ojos. La manera en la que lamió sus labios me hizo bajar la cabeza y solo pude mirar mis pies. Traté de concentrarme en sus palabras lo mejor que pude.
Y entonces llegó el momento de las lecturas. Pasó una mujer que estaba a mi lado para leer el antiguo testamento, precisamente Ezequiel 37. Tenía una voz bastante suave y su manera de leer era encantadora. Pude escucharla con atención sin perderme en ningún otro sitio. Luego continuó un hombre joven que leyó una de las cartas a los Romanos.
Por último el sacerdote se subió al ambón y el micrófono a su gusto.
—Cuando llegó el día de Pentecostés —leyó—, estaban todos unánimes juntos…
Sus ojos seguían las oraciones sobre el papel y sus labios recitaban lo que estaba escrito en las santas escrituras. Levantó la vista para mirar a su público algunas veces. Sus cejas estaban arqueadas y sus ojos transmitían lo que estaba diciendo.
—...les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios —dijo por último, y finalizó poniendo sus grandes ojos en mí.
Fue apenas un segundo, pero se sintió como una eternidad. Pensé por un momento que había escuchado todos mis pensamientos referidos a él, lo que me avergonzó por completo.
—De pie –dijo, y seguí mirándome. Volví mi cabeza hacia el suelo en cuanto me paré —. Queridos hermanos. Hoy en la solemnidad de Pentecostés, celebramos uno de los momentos más trascendentales en la historia de nuestra fe: la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. ¿Y alguien puede decirme por qué es tan importante el Espíritu Santo? ¿Qué es el Espíritu Santo, para nosotros?
—¡El Espíritu Santo es un guía que vive en nuestro corazón! —respondió un niño de unos diez años que se encontraba junto al grupo de la catequesis.
Su respuesta hizo que todos nos sintiéramos bastante enternecidos.
—¡Así es, campeón! –dijo y se bajó del atrio y se aproximó al pequeño para chocarle los cinco y luego lo despeinó un poco —. El Espíritu Santo es la presencia de Dios que nos acompaña en cada momento de nuestra vida, incluso cuando no lo vemos, ni lo sentimos.
>> Entonces, volviendo a Pentecostés, los apóstoles, llenos de él, comenzaron a hablar en lenguas que no conocían, y sin embargo, cada persona los entendió en su propio idioma. Dios no eliminó las diferencias, sino que las celebró. Y quiero que recalquen esta parte, porque en nuestra vida también nos vamos a encontrar con diversidad de pensamientos, de sentimientos, de experiencias. Y muchas veces, esa diversidad causa tensión, tanto en nuestras relaciones como en nuestras propias almas. Sin embargo el Espíritu Santo nos invita a encontrar la unidad en medio de esas diferencias, a reconciliar lo que parece estar en conflicto.
>> Hermanos y hermanas, el Espíritu Santo está aquí hoy, en este lugar, como lo estuvo en aquel primer Pentecostés. Él conoce nuestras luchas, nuestros deseos, nuestros miedos. Y Él está aquí para guiarnos, para darnos la luz que necesitamos, y para renovarnos en nuestro amor a Dios y a nuestra misión. Abramos nuestros corazones a su presencia. Dejemos que su fuego purifique nuestras intenciones, que su luz ilumine nuestros caminos, y que su amor nos impulse a ser testigos valientes, fieles y entregados.
>>Que el Espíritu Santo renueve hoy en cada uno de nosotros el don de su amor, para que, en todo lo que hagamos y en todo lo que sintamos, siempre sigamos el llamado que Dios nos ha hecho. Amén.
Así finalizó la homilía y la misa siguió como de costumbre, se volvieron a cantar canciones con el coro al mando, rezamos el credo y el padre nuestro. Hasta que llegó la hora de la comunión. Las personas empezaron a hacer fila para poder tomar en sus bocas el cuerpo de cristo. Mientras esperábamos el momento más importante de la celebración empezamos a cantar “Bread of Life”. Iba con las manos apoyadas sobre el abdomen en forma de taza para poder recibir la ostia. Ya solo quedaba una persona delante mío, que se inclinó delante del sacerdote y luego se fue. Entonces tuve esos ojos para mí sola, me miraban con ternura. Eran los ojos más oscuros que alguna vez vi.
—El cuerpo de Cristo –dijo con un susurro.
—Amén.
Pero no colocó el pan en mis manos, sino que lo llevó directamente a mi boca, rozando con sus yemas mis labios. Nadie se percató de ese movimiento, solo yo, porque lo sentí. Sentí la ligera sensación de sus dedos acariciando mi boca.
Y me gustó.
*
Capítulo 2! Espero que les guste! Nos vemos! Besitos, besitos.
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TENTACIÓN SAGRADA | Nicholas Chavez | PAUSADA
FanfictionDesde que tengo memoria me he criado en un ambiente religioso, desde escuelas hasta estar todos los domingos rezando delante del altar. Hace unas semanas tuve que mudarme por la Universidad, y desde entonces he ido a la capilla de este nuevo y de...
