Querido Dylan,
Quiero que sepas que extraño muchísimo nuestros juegos de cuando éramos pequeños. Extraño la libertad de correr tras de ti, lo fácil que era jugar a las escondidas, la forma en que tomabas mi mano mientras jugábamos a los espías o cuando me rescatabas de dragones furiosos. Extraño nuestras pijamadas. Extraño la simplicidad con la que todo sucedía.
La primera vez que dormiste en casa fue por una de las razones más bonitas y a la vez más angustiantes que existen: tu hermanito estaba de camino. Por fin podrías verlo y cargarlo en tus brazos. Debo admitir que una parte de mí sentía muchísima envidia, porque ahora tendrías con quién jugar, compartir tus cosas, hacer travesuras en casa, e incluso alguien que te acompañaría en esas noches oscuras.
Llevábamos toda la tarde jugando con figuritas de acción y recreando escenarios de fantasía en mi casa del árbol cuando papá llegó para anunciar que te quedarías a cenar. Ambos bajamos un poco curiosos, porque normalmente era tu padre quien te recogía antes de la cena. Antes de entrar a la casa, nos quedamos detenidos en la entrada. Yo lo hice porque tú lo hiciste.
Me miraste con una angustia inmensa en el rostro, y lo único que quise fue demostrarte que estaba contigo, así que tomé tu mano y entramos juntos a la casa. El resto de la cena estuviste muy callado.
A la hora, llamó tu padre para decirnos que Mike ya había nacido. Mi padre se ofreció a cuidarte el resto de la noche. Te presté uno de mis pijamas con figuritas de ositos y ni siquiera te quejaste, estabas muy preocupado. Mamá y papá te dieron las buenas noches igual que a mí, y luego te dejaron descansar.
No podía dejar de pensar en lo afectado que estabas. Pensé que estarías feliz por la llegada de tu hermano, pero te veías muy preocupado. No podía dormir, quería ir a la habitación donde estabas y asegurarme de que estuvieras bien. Justo cuando estaba a punto de ir a verte, apareciste en mi puerta. Preguntaste si podías acompañarme, y nos metimos juntos en la cama.
Guardaste silencio por mucho tiempo, y justo cuando creí que te habías dormido, te recostaste sobre tu hombro, haciendo que quedáramos cara a cara. La luz de la lamparita de noche me permitía ver la angustia en tus ojos, pero aún así no pude evitar distraerme lo bellos que eran.
"Tengo mucho miedo," dijiste. "¿Seré de verdad un buen hermano?"
Sabía que tenía que ser fuerte por ti, así que tomé tu mano con fuerza y dije, lo más segura que pude:
"Serás el mejor hermano del mundo."
Hasta el día de hoy, puedo decir que fuiste el mejor asistente del mundo. Ayudaste muchísimo a tu madre y, sin duda, te convertiste en el mejor hermano del mundo.
Eres una de esas joyas en el mundo, Dylan. Eres una persona maravillosa.
