Recuerdo la primera vez que te vi. Estabas sentado en una banca, comiendo un sándwich de mermelada de fresa. Te veías tan solo que no pude evitar acercarme a ti.
Ahora me parece gracioso, porque en cuanto notaste mi presencia, tomaste tus cosas y huiste. No reaccioné de la mejor manera, claro. Lloré durante unos quince minutos.
Pensé que no te agradaba en lo absoluto, pero aun así decidí no rendirme.
Sabía que quería ser tu amiga a toda costa, así que pasé semanas intentando acercarme a ti. Al principio, no lograba nada, siempre te escapabas.
Al año siguiente, por suerte, volvimos a estar en la misma clase. Recuerdo que siempre te sentabas en los últimos pupitres del salón y nunca tenías pareja para trabajar. ¿Lo recuerdas?
Te observaba durante días, pensando en el plan perfecto para acercarme a ti y, finalmente, ser tu amiga.
Unos días después, decidí sentarme a tu lado e invitarte a unirte a mi equipo de trabajo. Pensé que sería una buena excusa para que no huyeras, y así fue como todo comenzó. Así fue como nos convertimos en lo que somos ahora.
Ni siquiera puedo imaginar qué habría sido de nosotros si me hubiera rendido. Y créeme, no fue fácil. A veces llegaba a casa y lloraba de la frustración, pero ahora sé que esas lágrimas valieron la pena.
