Durante siglos, él ha sido un mito, un lúgubre eco en la oscuridad de la Ópera de París, hasta que ella llega. Desesperado por sentir algo más que la eternidad, el fantasma decide poseer el cuerpo de un vizconde que frecuenta la ópera, buscando acer...
Aquella noche Carlotta no cantó, había desgarrado sus cuerdas vocales en aquel grito de terror, así que debía mantener reposo varios días. De todas formas, no tenía intención alguna de pisar la ópera.
En su lugar, Christine Daaé apareció en escena. Una chica novata de apenas 18 años con un carisma natural en el escenario y que majestuosamente logró interpretar a la protagonista de "Romeo y Julieta" de Charles Gounod.
Los acentos de su voz llenaron de excitación al público de esa noche, quienes a través de su cántico angelical sentían una auténtica conexión con las almas de los trágicos amantes de Verona. Para el final, muchos de ellos dejaban caer lágrimas de sus ojos.
«¿Qué noche hay a mi alrededor?», coreaba Christine rodeada de los bailarines que personificaban a la familia Capuleto. «¿Y qué voz me llama?», entonces fingía, con gran delicadeza y dramatismo, desvanecerse en los brazos del patriarca Capuleto, mientras los demás los demás los veían con angustia. «¿Es muerte? ¡Tengo miedo! ¡Padre!», la orquesta acentuaba estas últimas palabras con magníficos compases musicales. «¡Adiós!», pronunció Christine con una voz casi ahogada para luego desfallecer.
Entonces, el telón cerró y el público estalló en estruendosos aplausos y gritos de emoción. En el elegante foyer, mujeres con despampanantes vestidos y joyería fina comenzaron a correr un rumor: el fantasma odiaba a la prima donna Carlotta por su falta de talento, esto según ellas quedaba confirmado después de escuchar a la señorita Christine Daaé. En respuesta, sus refinados maridos lanzaban comentarios burlones al escucharlas hablar sobre el fantasma de la ópera, ya que debían mantener la apariencia de hombres serios ante sus semejantes. Sin embargo, esta fachada flanqueaba cuando miraban de reojo a sus alrededores, especialmente a los rincones poco iluminados por los candelabros, en búsqueda de la tétrica silueta del fantasma.
***
Philippe, conde de Chagny, y su hermano menor Raoul, quien ostentaba el distinguido título de vizconde de Chagny, se hubieran unido a la multitud de personas en el foyer que alababan a Christine de no ser porque tuvieron un retraso al salir de su palco. Cuando el show estaba por terminar, el joven vizconde experimentó una serie de mareos que lo hicieron desfallecer.
Phillippe, al verlo tan pálido se asustó y pidió ayuda al personal de la ópera, quienes lograron reanimar al joven. Raoul observó con curiosidad su entorno para después palpar con extrema curiosidad su propio cuerpo, iniciando con su rostro y terminando con sus pies. Trastabilló antes de levantarse y salió del balcón ignorando las advertencias que le pronuncian.
—¿Qué te sucede? —preguntó el conde con voz temblorosa, asombrado del estado en que se encontraba su hermano menor.
Raoul se abrió camino a empujones hasta el baño de la ópera para hacerse un hueco en el lavamanos frente al espejo y se observó detenidamente. Se vio como un joven veinteañero de peculiar bigotito rubio, ojos azules y una ruborizada tez blanca.
Detrás de él, Phillippe se disculpaba con cada una de las personas que su hermano había molestado a su paso.
—Refresquemos tu rostro, tal vez eso te ayudará—, sentenció una vez lo alcanzó. Entonces se acercó para ayudarle a retirarse la levita y el moño para que no se mojaran. Posteriormente, tras soltarle un par de botones de la camisa, el conde le ordenó a su hermano que se mojara la cara y este le obedeció.
La sensación del agua en la piel de Raoul le dio un efecto meditativo y después de un breve masaje en sus sienes salió del baño muy decidido.
—Espera, ¿planeas salir así? —pronunció angustiado el conde de Chagny, quien aún sujetaba angustiado las prendas de su hermano.
Pero a Raoul no le importó el ojo crítico de los asistentes. Él caminó directo a bastidores, sorteando a la masa de fracs y vestidos del vestíbulo, pasó por alto las advertencias de los tramoyistas que se encontraban desmontando y se encaminó a un camerino en particular, el de Christine Daaé.
El conde Philippe le siguió con dificultad, preguntándose cómo había aprendido su hermano a moverse a través de la ópera, pues era la primera vez que asistía a aquel recinto. Pero cuando vio salir a Christine Daaé del camerino creyó haberlo entendido; durante toda la función su hermano no paraba de elogiar a la joven cantante, así que, probablemente en complicidad con algún trabajador de la ópera había pactado un encuentro con la chica y este le dio instrucciones sobre cómo podía encontrarla.
—Buenas noches, señorita —pronunciaron los labios del vizconde —. Mi nombre es Erik.
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