Verano del 75

110 10 0
                                        

Era una calurosa mañana de verano en 1975 cuando Euphemia Potter subía las escaleras, con un cesto de ropa limpia flotando detrás de ella, iba camino a la habitación de su hijo, James.

Al abrir la puerta, se llevó una gran sorpresa: en la cama de su hijo, donde esperaba ver solo un revoltijo de sábanas y almohadas, había un enorme perro negro, dormido profundamente, respirando en pausas largas y pesadas.

Euphemia soltó un leve suspiro, frunciendo el ceño mientras observaba al animal, que parecía no tener intención alguna de despertarse. Decidió no hacer ruido, salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado antes de bajar a la cocina, donde sabía que encontraría a su hijo.

James estaba ahí, de pie junto a la ventana y tomando un vaso de jugo de calabaza, mirando despreocupadamente el jardín. Parecía completamente ajeno a lo que había en su habitación.

—James, cariño —Le llamó Euphemia, inclinando la cabeza mientras lo miraba con un poco de curiosidad—. ¿Quieres explicarme por qué hay un perro enorme durmiendo en tu cama?

James parpadeó, sorprendido, y casi se atragantó con el jugo. Le tomó un segundo procesar lo que su madre había dicho, y en cuanto lo hizo, su expresión cambió de desconcierto a comprensión y luego a pánico. 

—¿Un... perro? —Preguntó, como si no tuviera idea de lo que hablaba.

Euphemia le dirigió una mirada incrédula.

—Sí, James, un perro negro, tan grande como un lobo. Está acurrucado en tu cama como si fuera suya.

James tragó saliva y, torpemente, esbozó una sonrisa forzada.

—Ah... sí. Bueno, el perro... verás, mamá, él... él me siguió hasta la casa. Y, uh... sí, bueno, como hacía calor afuera, pensé que… bueno, lo dejé entrar para que… para que pudiera dormir un poco… sí.

Euphemia alzó las cejas, claramente escéptica ante la patética explicación de su hijo.

—¿Así que lo dejaste entrar? Y, ¿qué pensabas hacer con él?

James forzó una risa nerviosa, mientras trataba de pensar en algo más convincente.

—Pues… pensaba… que quizás se quedaría un rato, pero luego se iría solo. No creo que tenga ganas de quedarse en una casa tan grande. Sí, eso es.

Euphemia suspiró, poniendo las manos en las caderas. Sabía que James estaba mintiendo, aunque no podía imaginarse el porqué. Pero, en lugar de interrogarlo más, optó por resignarse a la situación.

—Monty, cariño —gritó hacia el salón—. ¡Al parecer ahora tenemos un perro!

James abrió los ojos, horrorizado, y dejó el vaso vacío sobre la mesa. Sin esperar a escuchar la respuesta de su padre, subió las escaleras de dos en dos, directo hacia su habitación. Cerró la puerta de un golpe y se giró hacia la cama, donde el perro negro aún dormía plácidamente. Con un ligero empujón, sacudió al animal, que abrió los ojos lentamente, parpadeando en confusión.

—¡Sirius! —exclamó James en un susurro frenético—. ¡¿Qué carajos haces aquí?!

El perro negro estiró el cuerpo, desperezándose, y de repente, ante la mirada molesta de James, comenzó a transformarse. En cuestión de segundos, Sirius Black estaba sentado en la cama, mirándolo con una expresión tranquila, como si todo aquello fuera lo más normal del mundo.

—Buenos días, Prongs —saludó Sirius, despreocupado, con una sonrisa burlona. 

—¿¡Buenos días!? ¿¡Eso es lo único que piensas decir!? —James volvió a hablar, exasperado—. ¿¡Cómo diablos entraste!?

Has llegado al final de las partes publicadas.

⏰ Última actualización: Oct 31, 2024 ⏰

¡Añade esta historia a tu biblioteca para recibir notificaciones sobre nuevas partes!

The Marauders StuffDonde viven las historias. Descúbrelo ahora