Mateo.La campanita del restaurante tintineó cuando cruzamos las puertas de vidrio, en las cuales tenía con letras negras y elegantes: Josué's 1:9. El versículo repiqueteó en mi cabeza al instante. «Mira que te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes, porque Jehová tu Dios estará contigo en donde quiera que vayas» En mi vida había leído la biblia, pero eran demasiadas veces que venía, que ya me lo sabía de memoria.
Aunque mentiría si dijera que ese texto no me consolaba justo en los momentos más oportunos.
— Oh, el flechado no puede desimular— Luigi me dió un leve empujón con su hombro.
— Ni siquiera la he visto— murmuré, empezando a buscarla con la mirada.
Ella era una de las razones por las que cada vez que nos tocaba esta ruta, venía a comer aquí. Claro, también la buena comida, por supuesto.
— Allá está, Romeo— Luigi señaló hacia las mesas del fondo, y entonces la ví.
Era el mismo uniforme de mesera, el mismo moño desarreglado. No había maquillaje, ni cuerpo voluptuoso. La belleza de esta chica iba más allá de lo físico. Era bonita, eso era un hecho, pero había algo en ella que la hacía resaltar. Solo bastó verla una vez para que mi corazón lo sintiera. Y desde entonces ahí me tenía suspirando sin siquiera darse cuenta. La ví abrirse camino entre las personas mientras se dirigía a la cocina. Sentí una mano apretar mi hombro justo después de que hubo pasado por mi lado.
— ¿Ya dejaste de babear o te traigo una cubeta?— susurró Oliver a mi lado.
Me pregunté si estaba siendo demasiado obvio.
— ¿Van a quedarse parados ahí o iremos a pedir algo de comida?— se quejó Tyler, atrás—. Me muero de hambre.
Me hice a un lado sin mucho afán para que pasara. El lugar estaba abarrotado, así que debíamos esperar turno de todas maneras. Vi a mi alrededor, y me fui hacia una de las mesas de dos personas que se encontraba a mi derecha. Era temprano, por lo que la mayoría de los clientes eran trabajadores con prisa. Sólo pedían para llevar.
Saqué mi celular para distraerme y noté una llamada perdida de mamá. Apreté los labios porque sabía cuál la razón de que me hubiera llamada tan temprano. Seguramente ya estaba enterada. Él nunca podía quedarse callado. Dejé el móvil en la superficie de la mesa y me restregué la cara con las manos. Últimamente no había tenido tiempo para descansar, estaba llegando de la última mudanza y el viaje habia sido demasiado largo y extenuante. No tenía ánimos ni fuerzas para lidiar con el drama familiar. Suficiente con tener que soportar el laboral.
— Hola— la voz de la joven mesera me obligó a reincorporarme. Ella alzó una ceja, divertida, al ver mi aspecto—. Alguien no tuvo una buena noche al parecer. ¿Te traigo un expreso?
— Pero aún no es mi turno— musité.
— No es molestia— se encogió de un hombro.
— En ese caso, sí por favor.
— Bien, ahora vuelvo con tu café.
No me pasó desapercibida la mirada significativa y pude hacerme una idea de la razón. Oliver llegó a los minutos y cuando la chica regresó con mi café aprovechó para pedir su desayuno de huevos fritos con tocino y crema.
— ¿Tú quieres algo para desayunar?— me preguntó.
Negué.
— El café es suficiente, gracias.
— Muy bien.
Volvió a desaparecer y me centré de nuevo en el celular. Mama había dejado un mensaje:
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Regando Semillas
Short Story«la realidad puede ser dura, pero de ilusiones tampoco se vive»