Capítulo 3

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La corriente del agua se movía de formas tan impredecibles.

A veces, se agitaba con violencia, como si el río estuviera tan harto como yo. Otras veces, fluía con tanta calma que me relajaba, pero aun así no me sentía tranquila.

Apoyé los codos en el barandal del puente, dejando que mi mentón descansara en las palmas de mis manos. Podía sentir el viento chocando mi rostro con violencia, causando un ligero temblor en mi cuerpo.

Sentía frío, pero ya nada me importaba.

No iba a moverme de ahí.

Tampoco iba a ir al instituto. Hoy no.

Ya estaba cansada.

Cansada de sus voces, de sus opiniones, de su maldita manía de hablar, como si supieran lo que estaba pasando por mi cabeza.

Ya no quería escuchar nada, hoy no quería luchar. Solo quería un pequeño momento de paz.

Observé a los patos nadando, con sus pequeños patitos, siguiéndolos de cerca. Eran tan tiernos de manera que sus pequeñas patitas se movían debajo del agua.

Dejé salir un suspiro, un suspiro tan profundo que sentí como el frío inundaba mis pulmones.

Pero aun así, no alivio el dolor que sentía en mi pecho. Dejó un vacío que dolía aún más.

Mi pecho me pesaba, y ese nudo... Ese maldito nudo en mi garganta no se iba.

Sentía como si estuviera atorado en mi interior, queriendo salir en forma de lágrimas.

Pero no.

No ahora.

No aquí.

Aunque, ¿a quién quería engañar? Mis pensamientos me estaban destrozando, repitiendo una y otra vez el mismo recuerdo.

Cada vez que cerraba los ojos, ahí estaba.

Cada maldito comentario que mis propios padres me decían.

Se repetía en mi cabeza, ya no quería recordar nada, solo quería que todo esto se acabara.

Y todo porque simplemente comí un pan.

El aroma del café recién hecho y pan tostado llenaba la cocina, pero aunque tenía hambre de inmediato, el hambre se fue.

Allí estaban ellos, como cada mañana: mi padre, mi madre y Dana. Las risas y las conversaciones revoloteaban a mi alrededor, ignorándome como siempre.

Era invisible a sus ojos.

Papá hablaba de su trabajo mientras Dana, con su tono vivaz, contaba emocionada su último proyecto de la universidad... y como siempre su novio, claro.

Ella tenía la vida perfecta.

Nada malo le sucedía a ella.

Era lo que todos querían ser.

Y yo... solo era una mancha oscura en sus vidas.

Dana y yo solo compartíamos la misma sangre, pero nada más.

Me senté en silencio, como de costumbre, mordiendo un trozo de pan mientras mis pensamientos vagaban lejos de allí. Sin embargo, la calma se rompió cuando la voz de mi madre me hizo salir de mis pensamientos.

-Yuki, ¿no crees que deberías comer menos pan? Estás ganando más peso del que deberías -dijo, con esa falsa suavidad que siempre usaba cuando me criticaba.

Miré el pan que se encontraba en mi mano derecha y solo tragué el bocado que tenía en mi boca. El nudo en mi estómago se tensó al instante. Solté el pan, dejándolo en la mesa con manos temblorosas, incapaz de responder.

La Triste Melodia De Yuki Donde viven las historias. Descúbrelo ahora