Todo inició en 1940...Una época prohibida y cerrada; Una era donde el amor estaba prohibido y los sueños eran simples ilusiones.
Yoongi era un hombre de 20 años, un simple hombre con una condición, viajando al lugar más tranquilo a su parecer... so...
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Aquella mañana era fresca, no era un día caluroso, ni frío, tanto jungkook como Yoongi se encontraban caminando por el pueblo, más específico por aquel puente que debían cruzar cada día; Él menor de ambos no paraba de hablar o mejor dicho quejarse de todo y a la vez nada
Todo era como un ritual que sobrellevaba cada mañana de mal humor
Habían pasado dos día y Yoongi aún no podía olvidar aquella tarde donde encontró por accidente a Jimin en el bosque llorando desconsoladamente, esa misma tarde donde lo acompañó en silenció, donde solo su hombro fue necesario para otorgar un consuelo; Aquella misma tarde donde volvió a sentir como su corazón se agito con tanta fuerza que volvió a temer que fuera una secuela de su enfermedad, pero no era así aún seguía con vida
Aún respiraba...
— ¿Me escuchas? — se atrevió a preguntar el menor al ver a su amigo fuera de sí
— Si, si te escuchó — asintió, observando como los ojos de Jungkook se volvían pequeños, demostrando lo poco convencido que se encontraba
— No te creo — negó, deteniendo sus pasos en frente del pálido — ¿De que estaba hablando?
— Hablabas de... — desvió un poco su mirada, buscando en su mente un poco de aquella conversación — Hablabas de los libros que debemos dejar en la ¿librería? — elevó un poco la mochila llena de libros, confirmando que aquello no era el tema de la conversación al ver el ceño fruncido — Estoy un poco distraído — admitió, sintiendo un leve empujón en forma de reproche
— Eres un vil mentiroso Yoongi — negó con su cabeza, jalando uno de los tirantes del mayor, obligándolo a caminar nuevamente a par de él mismo — ¿En que pensabas?
— En nada... — mintió — solo estoy un poco cansado
— ¿Planeas seguir mintiendo? — enarcó una ceja, observando el preciso momento donde su amigo corrió su mirada de la suya, estaba actuando como un pequeño niño — estas actuando como un niño
— Claro que no
— Claro que sí — afirmó el menor, empujando uno de los costados del pelinegro— sabes que a mi no puedes mentirme
— Lo sé — murmuró, sintiendo su garganta un poco seca al ser descubierto en sus visibles pensamientos
— ¿Aún piensas en él?
— No puedo evitarlo — admitió, apretando un poco la correa de la mochila, subiendo su mirada a la torre del campanario de la iglesia, el cual comenzaba a repicar anunciando una hora cristiana donde la mayoría de las personas se detenían a hacer un rezo y a rogar un deseo