Esa mañana de octubre
me dijiste que escribiera un poema
sobre café y cigarros.
Leímos a Bukowski
y a Luis Alberto de Cuenca,
y te dije que El desayuno
era mi poema preferido,
sin decirte
que tu risa era la ducha
de mi infierno de aquel instante.
Esa noche de octubre,
ya te habías alejado de mí,
de la humedad y la sal,
y todo lo que quedaba de ti
en mi casa
fue el vacío en mi cama,
una taza de café sin lavar
y un cenicero repleto de cigarros.
