Anastasia:
Me toma dos semanas reunir el valor suficiente para contarles a mis mejores amigas lo que hice. Dos semanas en las que cargo con la culpa de sentirme la peor amiga del mundo y, probablemente, la persona más mentirosa sobre la faz de la Tierra.
—Pues no. El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra —dice Alexa, apretándome la mano.
Joel sonríe pasando un brazo por encima de los hombros de Emily. Ha venido a pasar la tarde con nosotras y nos ha traído flores para las tres.
—Qué perrota —se ríe Emily, negando con la cabeza mientras me mira con una mezcla de incredulidad y diversión.—Me encanta.
—¿Y yo? ¿Te encantó? —pregunta Joel, haciéndole unos pucheros exagerados.
Alexa y yo nos miramos al instante y fingimos arcadas, llevándonos una mano al estómago como si acabáramos de presenciar la cosa más repulsivamente cursi del mundo.
Con Massimo se podría decir que tenía una rutina. Rara, desde luego, pero rutina al fin y al cabo. Durante el día, yo fingía que no lo soportaba y él no dejaba de enviarme mensajes. Varias veces lo vi frente al campus, apoyado en algún lugar y observándome desde la distancia, cuando nuestras miradas se encontraban y se daba cuenta de que lo había descubierto, simplemente me guiñaba un ojo.
Era únicamente por las noches cuando nuestra extraña dinámica parecía cambiar. Entonces actuábamos con normalidad. Yo le preparaba galletas y él aparecía con algún regalo, unos pendientes, un reloj ridículamente caro o, alguna vez, un collar de diamantes. Todos terminaron donados. No necesitaba semejantes cosas y, además, me parecía mucho más sensato convertir sus regalos extravagantes en algo que pudiera servirle a alguien más.
También me ayudaba con los deberes que se me acumulaban en la universidad. Me hacía sentir como una tramposa, pero era tan inteligente que, de alguna manera, eso compensaba su mal humor repentino. No le gustaba que las chicas se quedaran en mi apartamento porque eso lo obligaba a permanecer más tiempo afuera, esperando a que se fueran. Aquello fue lo que empezó a hacerme sospechar que quizá ni siquiera tenía un lugar donde vivir. Fui una tonta por preguntárselo al quinto día.
—Sí, cielo. No tengo casa, pero sí un automóvil que vale más que tres juntas.
Recuerdo perfectamente su respuesta y también el sonrojo que me provocó.
Respecto a la intimidad, cada vez que intentaba llevar las cosas al siguiente nivel, yo lo detenía. Lo apartaba o simplemente le decía que todavía no estaba lista. Y él tenía que conformarse con eso.
Lo compensaba con mamadas, besos en la ducha, lo dejaba comerme el coño por horas y meterme mano.
—¡Dios! Olvidé que tengo que ir con mi mamá al hospital —chilla Emily, levantándose de golpe—. Alexa, ¿me llevas?
—Claro —responde la pelinegra, levantándose mientras termina de comerse una galleta.
Ambas me dan un beso antes de salir apresuradas. Las observo marcharse y luego dirijo la mirada hacia Joel, que se estira perezosamente en su sitio.
—¿Hola? —chasqueo los dedos frente a él—. Esta es tu señal para irte.
—Cierto —dice, levantándose con una sonrisa—. Será mejor que me vaya antes de que tu acosador decida que mi muñeca es el precio por quedarme demasiado tiempo.
—Qué chistoso —respondo con una sonrisa irónica mientras le lanzo una bolsita de galletas—. Dásela al portero, por favor.
—Con gusto, santa Anastasia —dice mientras camina hacia la puerta. Luego se detiene y me mira por encima del hombro—. Oye, tengo una duda. ¿Por qué eres tan altruista? ¿Tienes miedo de no ir al cielo?
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Bajo tu Dominio [BORRADOR]
RomansaDicen que el odio y el amor son lo mismo, y yo la odio tanto que necesito ser el aire que respira. Si ella es mi perdición, me aseguraré de que no le quede un gramo de voluntad propia, hasta que su única religión sea vivir y morir bajo mi dominio.
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