Capitulo 37

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Bueno chicos tome una decision, si no empiezan a comentar voy a dar de baja esta historia, espero que lo entiendan, ya que no siento recibir apoyo, y eso no me motiva a seguir escribiendo.

en fin, sigamos con la programacion habitual

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La puerta del departamento en Manchester se cerró suavemente detrás de ellos. Afuera, la ciudad estaba tranquila, como si nada supiera de la epopeya que acababan de vivir. Cami dejó la valija a un lado y suspiró, sintiendo por primera vez en semanas un silencio sin bocinas, cánticos o fuegos artificiales.

Julián entró detrás de ella, todavía con la campera de la Selección y la medalla colgando del cuello.

—Por fin... —dijo, dejándose caer en el sillón—. Pero no te voy a mentir, ya extraño los gritos.

Cami se rió y se sentó a su lado, apoyando la cabeza en su hombro.
—Yo extraño dormir más de cinco horas seguidas.

Julián bajó la mirada a su pancita, acariciándola con cuidado.
—¿Y vos, Elena? ¿Extrañás algo?

—Todavía no sabemos si es Elena... —respondió Cami, rodando los ojos, aunque con una sonrisa.

—Es Elena —replicó él, seguro, como si fuera un hecho irrefutable—. Ya me lo dijo el instinto de goleador.

—Claro, porque el instinto de goleador ahora predice bebés.

Él se encogió de hombros y la abrazó, dejando un beso suave en su frente.
—Me lo imagino todo: yo llegando del entrenamiento, y ella corriendo con una camiseta del City, con tu sonrisa... y con mis goles.

Cami no contestó enseguida. Lo miró, sintiendo ese calorcito en el pecho que siempre le provocaba su manera de soñar en voz alta.
—Si es nena, te juro que le ponemos Elena.

—Cuando sea nena... —corrigió él, con una mueca confiada.

En el piso, junto a la valija abierta, asomaba la bandera argentina que habían llevado a todos lados. Manchester podía estar gris y silenciosa, pero para ellos, ese departamento estaba lleno de colores, promesas y la certeza de que, en pocos meses, su vida cambiaría para siempre.

...

El taxi se detuvo frente a un edificio moderno, con las luces cálidas encendidas en el hall de entrada. Lisboa estaba tranquila, como si no acabara de recibir a uno de sus héroes mundiales.

—Casa, dulce casa —suspiró Valentina, bajando con Olivia en brazos, que dormitaba apoyada en su hombro.

Enzo bajó las valijas y, con cuidado, tomó a Olivia sin despertarla.
—No puedo creer que durmió todo el vuelo... pero que en cuanto crucemos la puerta seguro se despierta.

Valentina sonrió, cansada pero feliz.
—Y va a querer jugar con vos. Es tu turno de entretenerla.

Enzo entró con las llaves y la medalla colgando del cuello, la misma que Olivia había intentado morder al menos cinco veces durante el viaje. El departamento estaba como lo habían dejado: ordenado, con las cortinas abiertas y ese aroma suave que siempre les daba la bienvenida.

Mientras acomodaban las cosas, Olivia se movió en brazos de Enzo y, con los ojos entreabiertos, susurró medio dormida:
—¿Papi?

—Sí, mi campeona —le dijo, besándole la frente—. Ya estamos en casa.

Valentina se acercó y les rodeó a ambos con los brazos, apoyando la cabeza en el pecho de Enzo.
—No sé si estoy más orgullosa de vos por la Copa o porque sobreviviste a un mes sin tu PlayStation y tus juegos.

Él soltó una risa baja, cuidando de no despertar del todo a Olivia.
—Me porté como un campeón en todo sentido.

La pequeña, aún con la voz ronca del sueño, murmuró:
—¿Ganaste, papi?

—Ganamos todos, Oli —respondió él, mirándola como si fuera su trofeo más importante—. Vos también sos campeona.

Valentina lo miró y, por un segundo, todo el ruido de las últimas semanas quedó atrás. Estaban en casa, juntos, con la promesa de un futuro que, ahora más que nunca, se sentía invencible.

...

Han pasado unos días desde que Julián y Camila regresaron a Manchester. La emoción del Mundial aún brillaba en sus ojos, pero la vida cotidiana comenzaba a instalarse con su ritmo pausado y reconfortante.

En el departamento, Camila estaba acomodando la habitación que poco a poco preparaban para el bebé. Entre cajas de ropa diminuta y peluches, Julián entró con dos cafés calientes y una sonrisa que parecía capaz de iluminar toda la ciudad gris.

—¿Viste esta? —dijo, dejando uno de los cafés sobre la mesa—. Encontré esta camiseta del City para bebé. La puse ahí para que Elena la vea cuando crezca.

Camila lo miró divertida, con una mano sobre la panza que ya se notaba redondita.

—¿Y qué pasa si en vez de Elena es Matías? —preguntó ella, levantando una ceja con picardía.

—Pues... Matías también tendrá una camiseta —respondió Julián con una sonrisa—. Pero yo sigo apostando por Elena. Lo siento, ya es un hecho.

Mientras conversaban, Julián se arrodilló para hablarle a la panza.

—¿Sabés? Estamos armando el mejor equipo de todos, vos y nosotros. Te vamos a cuidar con todo el amor del mundo.

En Lisboa, Valentina ajustaba los zapatos de Olivia, que intentaba caminar con la energía propia de sus dos años, llena de curiosidad y risas contagiosas.

Enzo, que ya se había acostumbrado a su rol en esta pequeña familia, observaba con una sonrisa cómplice.

—¿Lista para el parque, campeona? —le preguntó mientras la alzaba en brazos.

—¡Sí, sí! —respondió Olivia emocionada, señalando la puerta.

Valentina se acercó a Enzo y tomó su mano.

—Gracias por estar siempre, por ser su compañero y por cuidarla como si fuera tuya. Olivia tiene mucha suerte.

Enzo apretó su mano y le dedicó una sonrisa suave.

—Ella me eligió, y yo la elegí a ella. Eso es lo que importa.

De vuelta en Manchester, la rutina entre Julián y Camila se iba armando con pequeñas costumbres: desayunos compartidos, caminatas suaves para que Camila estirara las piernas, y noches en las que Julián le leía en voz baja mientras ella acariciaba la panza.

Por su parte, en Lisboa, Valentina, Enzo y Olivia encontraban en las tardes en el parque, en las risas de la niña y en las cenas compartidas, la calma después de la tormenta mundialista.

ME!- Julian Alvarez- FINALIZADADonde viven las historias. Descúbrelo ahora